1919. Eddington corrobora la teoría general de la relatividad
Revista SCHOLÉ 17 mayo, 2019

Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo
“tal y como verdaderamente ha sido”.
Significa adueñarse de un recuerdo
tal y como relumbra en el instante de un peligro.

Walter Benjamin

Fue hace 100 años

No hay otros ruidos. La lluvia los apaga, acercando la suave melancolía de una noche que anuncia un mundo distinto. El manto de nubes no es muy espeso y la luz de la luna se filtra espectralmente, formando una bella fotografía que poco tiempo antes, bajo el estruendo de las bombas y las náuseas de los gases, parecía imposible. La paz, aunque no sea más que una tregua, se refleja en la liviandad del repiqueteo del agua cuando roza los pastos; y en el viento, cuando sacude las telas bajo las cuales se refugian los hombres. En el golpe de cada gota, Eddington escucha hablar al universo y sabe que si el aguacero cede y las nubes se disipan y logra tomar las fotos necesarias, entonces, podrá hacer su trabajo y buscar –tal es su creencia– la poesía de la existencia. Pero la lírica que anhela revelar y que la mirada de su pensamiento refleja es una quimera porque, si es que ha existido, ha quedado definitivamente desfigurada por el hedor en las trincheras y por la mortal metralla en esa “tierra de nadie” delineada por una guerra de la que él escapó, y no precisamente por cobardía.

Finalmente, la lluvia cesa, las nubes se dispersan, la luz del día se manifiesta y la belleza se revela bajo una nueva forma; no, como esperaba Eddington, en una irreal épica del universo, sino en una perspectiva más humana y limitada por un momento particular de solo algunos intangibles minutos que se define en la figura de un eclipse de Sol, observado desde un pequeño punto en el lejano continente africano. Eclipse que tendrá el valor de dictaminar sobre la legitimidad de la concepción gravitatoria deducida de la relatividad propuesta por un físico alemán a quien leyó y al que le escribió, pero que no conoce personalmente.

De Berlín a Cambridge

Unos años antes, en Berlín y en el fragor de la Primera Guerra Mundial, Albert Einstein, quien volvió a Alemania invitado por el célebre físico Max Planck, había concluido su formulación de la teoría general de la relatividad que implicaba una concepción novedosa sobre una de las interacciones fundamentales en el universo. Desde esa perspectiva, era posible suponer que un campo gravitatorio es una deformación de la continuidad del espacio-tiempo. Con este desarrollo teórico, llegaba a su fin la enigmática “acción a distancia” entre los cuerpos celestes que formulara Newton hacía poco más de doscientos años. Sin embargo, detrás de este problema científico, había algo más que una cuestión sobre la naturaleza y era un agudo y punzante sentimiento. Oculto y plegado, como la peste que Albert Camus describiese en su novela, iba a emerger de entre las fórmulas y las ecuaciones el fantasma del nacionalismo. Más allá de lo que pensase Einstein, más allá de lo que sintiese Eddington, el desarrollo de una nueva teoría sobre la gravedad era leída por muchos como el triunfo de una “ciencia alemana” por sobre los logros de una Inglaterra que veía caer a Isaac Newton, su viejo dios.

Página 1 de 3