1994. Genocidio en Ruanda
Revista SCHOLÉ 23 agosto, 2019

Hace 25 años…

Mil colinas

El sol sobre el horizonte, el silencio del atardecer, la suave brisa que anima el verdor de las “mil colinas” y la sugestiva belleza de los contornos se amalgaman y se yuxtaponen para componer la forma de una particular fotografía. Se proyecta la singularidad de una tierra que se muestra prodigiosa. Sin embargo, este incuestionable esplendor se disuelve y desintegra bajo el peso del más grave genocidio ocurrido tras la Segunda Guerra Mundial.

Atentado

El 6 de abril de 1994, el avión en el que viajaban el presidente de Ruanda, Juvénal Habyarimana, y el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, fue derribado por dos misiles de los cuales se desconoce, al día de hoy, su origen. Tanto uno como el otro pertenecían a la “etnia” hutu. Los sucesos posteriores ocurren con la rapidez y la potencia de un ingobernable rayo: en un atentado muere la primera ministra Agathe Uwilingiyimana y comienza la matanza de quienes son identificados como tutsis. En poco más de tres meses, son asesinadas casi un millón de personas.

1994. Genocidio de Ruanda

Lejos del símbolo primitivo o rudimentario que lleva en su sello el machete, principal arma utilizada en el genocidio, las acciones se llevaron a cabo con una gran organización que recuerda a otras maquinarias de exterminio de la modernidad. En particular, el acto de degradación y deshumanización de las víctimas que encuentra un preciso correlato con la degeneración racial puesta en juego durante el Holocausto y, también, con la calificación de “maruta” –troncos de madera, materia prima– para definir a los chinos sometidos a crueles experimentos médicos realizados en Manchuria tras la invasión japonesa de 1937. En Ruanda, la radio llamaba a la eliminación de las “cucarachas”, refiriéndose a los tutsis. Hay, en este genocidio, una característica particularmente cruenta: víctimas y victimarios se disuelven, por momentos, los unos con los otros, incluso dentro de una misma familia.

Allí, no hubo ojos que mirasen la forma de las muertes y de las mutilaciones ni hubo oídos que escucharan los dolores y los clamores, aunque hubiesen visto los cuerpos y sentido los sonidos.

A la tragedia anunciada en Ruanda no se la quiso detener.