De cordobesas y Cordobazos. Lecturas en clave de género
Ana Noguera 17 mayo, 2019

La participación política de las mujeres

La presencia de mujeres en el espacio público y en la lucha política reconoce una larga trayectoria en nuestro país. Desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, fueron incorporándose crecientemente a colectivos femeninos/feministas y/o a partidos u organizaciones mixtas, impulsando reclamos para el acceso a derechos civiles y políticos que incluían la igualdad jurídica, el divorcio y el sufragio.

El gobierno peronista (1946-1955), con Eva Perón como principal gestora, retomó las luchas de principios de siglo y sancionó la Ley 13010 de Sufragio Femenino en 1947. Esto posibilitó a las mujeres alcanzar, hacia 1952, la representación política formal tanto en el Congreso Nacional como en las legislaturas provinciales.

Sin embargo, durante los sesenta y setenta, la participación política de las mujeres tomó un impulso arrollador, masivo. Los modelos revolucionarios a nivel internacional –sobre todo Cuba y Vietnam, pero también el Mayo Francés y la Primavera de Praga– aparecieron como ejemplos a seguir para un importante número de jóvenes que asumieron la lucha política y la militancia en pos de la construcción de una nueva sociedad que, pensaban, debía ser más justa.

En este sentido, el Cordobazo ejerció una influencia decisiva en ese proceso, aumentando cuantitativamente la cantidad de activistas. Para muchas mujeres (y también para los varones) fue su “bautismo de fuego”. De hecho, un observador de los sucesos de mayo de 1969, el sociólogo Juan Carlos Agulla, sostenía que, si bien no representaban una gran cantidad, las mujeres actuaron a la par de sus compañeros hombres y que su presencia –constituida mayoritariamente por estudiantes– inauguraba la aparición de la militancia femenina en la vida social y política de la ciudad.

A partir de allí, el proceso de radicalización política, sobre todo de la juventud, no se detendría. Y ellas se insertaron y participaron de una gran diversidad de espacios y organizaciones: políticas, sociales, sindicales, religiosas, armadas, barriales.

Para muchas, la Universidad fue el puente principal desde donde se acercaron a participar. Como estudiantes universitarias, se integraron en una multiplicidad de agrupaciones estudiantiles que florecieron al calor de la resistencia al régimen dictatorial. Fueron parte de multitudinarias asambleas, huelgas de hambre y actos relámpagos donde se debatía la dicotomía “reforma o revolución”, el cambio de sistema, el antiimperialismo y la necesidad de “salir de la isla” –como se consideraba en esa época a la Universidad– para vincularse con los sectores obreros y populares.

Al mismo tiempo, espacios gremiales y sindicales las vieron abrirse paso entre asambleas y marchas donde a veces eran una minoría; muchas se convirtieron en jóvenes delegadas gremiales. Al igual que los varones, enarbolaron las banderas de lo que se conoció como “clasismo”, proponiendo la defensa de los intereses de la clase trabajadora en contra de la patronal, el Estado y las dirigencias sindicales burocráticas.

También llegaron a barrios y villas de la ciudad bajo el amparo de curas tercermundistas, entusiasmadas por proyectos pedagógicos innovadores o, simplemente, porque querían “conocer cómo vivían”; colaboraban con la pintura de las casas, la hechura de ladrillos, la construcción de viviendas y canaletas para el agua, erigieron centros de salud, alfabetizaron. Algunas se sumaron a impulsar “Frentes de Mujeres”. Otras tomaron las armas.

Todas fueron compañeras, denominación que daba cuenta de que ellas ya no eran solamente esposas, novias, amigas. En la búsqueda de un “Hombre Nuevo”, tal como lo proponía el Che Guevara, ellas eran pares en la lucha con los varones.

La efervescencia política y social y la intensa participación tuvo, después del Cordobazo, un crecimiento constante y sostenido. Sin embargo, el proceso político y social abierto en 1969 fue trágicamente cerrado con el golpe de Estado de 1976. En Córdoba había tenido su antesala cuando, el 28 de febrero de 1974, se produjo un levantamiento policial conocido como “Navarrazo”. El resultado del levantamiento fue la destitución del gobernador y el vicegobernador y la intervención federal de la provincia. La represión ilegal, avalada por el gobierno, ejercida por el grupo parapolicial y paraestatal conocido como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), se volvió frecuente y hasta cotidiana. Así, el terrorismo de Estado aplicó una política de miedo, persecución, tortura y desaparición. Muchas mujeres, al igual que los varones, fueron encarceladas a disposición del Poder Ejecutivo o en centros clandestinos; hubo quienes pudieron salir del país o esconderse en otras provincias y pueblos. Muchas más fueron asesinadas.


Doctora en Historia por la Facultad de Filosofía y Humanidades (UNC).
Profesora de grado en la Facultad de Ciencias Sociales (UNC) e investigadora del Centro de Estudios Avanzados (UNC).
Codirectora del proyecto de investigación “Historia oral e historia reciente de Córdoba. Prácticas, experiencias, teoría y metodología” en el Centro de Investigaciones de la FFyH, UNC.
Integra el programa “Política, sociedad y cultura en la historia reciente de Córdoba”, radicado en el Centro de Estudios Avanzados, Facultad de Ciencias Sociales, UNC.
Autora del libro "Revoltosas y revolucionarias. Mujeres y militancia en la Córdoba setentista" (Editorial de la UNC, en prensa).