A propósito de los ejercicios de evocación: un maestro, todos los maestros
Septiembre es el mes que antojadizamente –o no tanto– reúne la evocación del día de los maestros, los profesores, la primavera y los estudiantes. Y si bien hay un halo de formalidad propio de las conmemoraciones que componen nuestro repertorio de “fiestas cívicas”, en estas se cuela con mucha fuerza el componente de fiesta y celebración.
En particular, el 11 de septiembre se manifiesta, además, como un día que quienes estamos en las escuelas reclamamos como propio. Entonces, la conmemoración y el sentido de su evocación –ese ejercicio de traer a nuestro presente lo que aún reverbera, lo que resuena y lo que se ha callado– se despliegan en diferentes movimientos y disputas. Resulta que nos cuesta mucho cristalizar todo eso que nos pasa como maestros y maestras en la figura de Sarmiento. Sin embargo, volver a leer su obra, reconfigurar su controvertida y polifacética vida pública, traer aquí al “padre del aula” para conversar y discutir con él, continúa siendo un ejercicio que necesitamos.
Algo de eso nos hizo descubrir otro maestro. Uno más cercano y presente; tan presente y tan acá que pensar en su evocación solo puede tratarse de una e-qui-vocación. Porque su partida llegó demasiado pronto, demasiado intempestiva (como le gustaba nombrar a él ciertas cosas que venían a traernos incomodidad, desconcierto y fascinación al mismo tiempo). Sucede que Javier Trímboli fue un maestro por sobre todo lo que pudo ser. Tenía esa capacidad cautivante y asombrosa de convocar a la conversación desde cantidad de lugares: desde sus clases, sus producciones, sus libros (los propios y los que llevaba cargando en su mochila a cada lugar al que iba) y, fundamentalmente, desde su generosidad, esa que se impregna en el gesto de quienes sabemos lo que implica dar una clase. Por eso, a quienes tuvimos la suerte de cruzarnos con él en algún aula, nos cuesta tanto pensar en homenajes, ese lugar cariñoso pero complaciente donde van a parar las cosas que ya quedaron inactivas, las que se recuerdan como parte de lo que ha sido. Y es que con Javier nos quedan pendientes un montón de charlas, preguntas y discusiones; no nos resulta fácil ponerlo en el lugar de la evocación porque lo queremos aquí conversando con nosotros.
Quisiera pensar que cualquier docente que abrace esta tarea puede volver a conversar con Javier, puede encontrar en sus preguntas, y en sus maneras de traerlas, una forma de seguir pensando sus clases, y encontrar en ello un disfrute que nos contiene a la vez que nos define. Las y los invito a que esta edición de Scholé sea una puerta de entrada para que lo hagan. Y me alegra poder ser parte de este ejercicio de celebración colectiva, donde tantos maestros y maestras traen alguna palabra para pensar, conmemorar, celebrar eso que somos.

