Kaspar Hauser: un retrato sobre la condición humana
Revista SCHOLÉ 11 diciembre, 2019

Tras nuevos intentos, el desafortunado personaje se despierta, pero no habla hasta que la impresión producida por el colorido y reluciente uniforme militar de la caballería lo espabila, provocando que repita la única frase que es capaz de pronunciar: “Jinete quiero, como mi padre fue”. Parado y observando sin ver, con los ojos en tan rara posición que ni siquiera podemos decir que estén desorbitados porque significaría reconocerles alguna familiaridad, muerde un pedazo de pan que inmediatamente escupe. Su cuerpo y lo poco que parece quedarle del alma no pueden sostenerse, así que deben recostarlo sobre el heno que cubre el establo. Lo revisan y observan heridas en los pies y en uno de sus brazos. Una marca, segura consecuencia de la vacuna contra la viruela, delata un origen noble.


¿Quién es aquel joven que cuestiona a la humanidad?, ¿un salvaje, un tonto, un cautivo inesperadamente liberado o un genial simulador? Lo sientan y le acercan tinta, pluma y papel; su protector o captor lo ha dicho en la misiva: sabe escribir. Con cierto gozo, delinea su nombre, “Kaspar Hauser”.

 

La vida interior

Rítmicamente enmudecidos, los altos trigales ondean como si fuesen un infinito mar de soledad que quiebra el corazón de los hombres. No es calma, es la afonía del mundo que se sostiene en un ruego: “¿no escucháis ese terrible llanto a tu alrededor? ¿Ese llanto que los hombres llaman silencio?” (Herzog, 1974).

Silencio que rodea a un joven aislado en una habitación que más bien es una cueva. En la mayor orfandad que podamos imaginar, mueve con marcada cadencia un pequeñísimo caballo de madera que casi cabe en su mano. Debe permanecer sentado con los pies en línea recta o recostado, no se puede parar; su cuerpo está sometido al indecente territorio cubierto de forraje que es su estrecho mundo. Está sujeto por una correa que parece no percibir; similar, tal vez, a la que nos amarra a un título del cual jamás podremos liberarnos: Cada uno para sí mismo y Dios contra todos, que es la forma original con la que Werner Herzog dio a conocer su película que fue traducida como El enigma de Kaspar Hauser.

Es el comienzo de un film que nos vincula al mundo personal de quien, según el jurista Paul Johann Anselm von Feuerbach, sufrió un crimen contra su vida interior.