Kaspar Hauser: un retrato sobre la condición humana
Revista SCHOLÉ 11 diciembre, 2019

Al momento de su liberación, comenzamos a saber algunos detalles de su extenso cautiverio. Poco después, aparecerá en la plaza de Núremberg, donde el zapatero George Weichmann lo encontrará para llevarlo hasta la casa del capitán de caballería Friedrich von Wessenig, lugar en el que se revelará su nombre y algunos inciertos aspectos de su pasado. A la carta precedente la acompañaba otra que por su redacción pudo haber sido escrita por su madre, pero por la caligrafía se le debería atribuir al mismo autor de la misiva anterior:


El chico ya está bautizado, se llama Kaspar, usted mismo podrá darle un apellido, puede usted educar al niño. Su padre era de la caballería ligera cuando tenga 17 años mándele a Núremberg al 6.º regimiento de caballería ligera es ahí donde estuvo su padre ruego que lo cuide hasta los 17 años nació el 30 de abril de 1812 soy una pobre criada no puedo alimentar al niño su padre está muerto. (Feuerbach, 2017, p. 47)

Los hechos parecen estar intrincadamente dispersos, como si quisieran darnos la perspectiva de un misterio irresoluble. Sin embargo, sabemos con inquebrantable certeza que el relato culminará cuando cada pieza encaje sutilmente con la contigua para construir un cuadro general, único y coherente de la situación. Tosca sería la fama de Sherlock Holmes o de Auguste Dupin si cada tanto admitiesen la derrota dada por su incapacidad para anudar en una imagen indivisa los difusos detalles que marcan la escena del crimen. Pero tosca será nuestra fama –si es que logramos alguna– porque no hay posibilidad de que podamos resolver la mayoría de los enigmas que Kaspar Hauser nos plantea, por mucho que el funcionario municipal, redactor de los informes sobre su vida y su muerte, imagine que ha encontrado un atajo digno de los detectives literarios.

Kaspar Hauser va a ser cuidado y educado por el profesor Daumer. Poco a poco, parece recuperar su humanidad arrebatada, aunque el desconsuelo de su corazón esté tan profundamente esculpido que no hay cincel que sea capaz de borrarlo. ¿Cómo piensa Kaspar Hauser cuando declara que su “llegada a este mundo fue una caída terriblemente dura”?

Con entendimiento o sin él, la vida de Kaspar continúa, pero lo hará por poco tiempo. Está escribiendo sus recuerdos y, tal vez por ello, porque la letra honesta y profunda también es amenaza, un hombre anónimo intenta asesinarlo; por suerte, solo lo hiere. En una segunda tentativa, el puñal lastimará su cuerpo justo sobre el corazón. Desde el intento anterior habían pasado un par de años y Kaspar se había trasladado de Núremberg a Ansbach. Morirá allí, reclamando por su cansancio y lleno de incógnitas. Nos queda la imagen de unos pies heridos con un letrero que identifica el cadáver.

Reaparece el notario, el hombre pequeño que ama redactar elegantes informes. Los doctores disecan el cuerpo de Kaspar Hauser y sentencian que “el lóbulo izquierdo del hígado es más grande que lo normal y se extiende hasta la parte inferior del arco izquierdo del diafragma”. El notario anota; pregunta una y otra vez para que su reseña sea precisa y no contenga errores. El médico se ve obligado a repetir “arco de diafragma”. En un primer plano, los médicos analizan el cerebro de Kaspar decidiendo que su forma es anormal, al igual que su cerebelo. Dictan lo que debe incluir el escrito del funcionario, que se alegra de su eficacia burocrática: “cerebro anormal, subdesarrollado, deformidad del hemisferio cerebral izquierdo que no cubre suficientemente el cerebelo”. La autopsia concluye. Satisfecho, el notario atraviesa el dintel de la puerta hacia el luminoso día. Llama a un cochero solo para entregarle el sombrero y pedirle que lo lleve a su casa porque él habrá de caminar. Es una gran jornada: sabe, o al menos supone, que ha conseguido un documento maravilloso y a la vez preciso. Se balancea presuntuoso mientras pasea y vocifera: “deformidades descubiertas en el cerebro y el hígado de Kaspar Hauser, finalmente tenemos una explicación para este extraño hombre y nunca volveremos a ver nada parecido” (Herzog, 1974).

Trampa de un funcionario, trampa de los expertos, trampa de una sociedad que desea ser engañada anulando las dudas, las preguntas, las incógnitas y los dilemas morales bajo una causa biológica. No significa esta crítica que debamos considerar a las personas como rasa que nacen con la mente en blanco y que, independientemente de cualquier condición innata, serán aquello que los esfuerzos educativos y las condiciones sociales posibiliten. Tampoco se pretende expresar la defensa de un dualismo según el cual el libre albedrío es una realidad ontológica de una mente incorpórea que –de modo cartesiano– se vincula al cuerpo, pero no es el cuerpo. Porque las teorías que niegan todo determinismo biológico no solo son racionalmente indefendibles, sino que pueden ser –contra la intención de quienes las enuncian– tan sutilmente inhumanas –al declamar por una libertad, una voluntad y una igualdad imposibles– como aquellas que justifican el dominio, la explotación y el maltrato en nombre de supuestos biológicos que son presentados como inamovibles hechos de la naturaleza.

Stephen Jay Gould publicó, en su libro Milenio (1998), la siguiente reflexión:

En los anales completos del heroísmo no encuentro nada más ennoblecedor que las compensaciones que las personas luchan por descubrir y llevar a cabo cuando los infortunios de la vida los han privado de características básicas de nuestra naturaleza común.

Solemos comprender cómo hacen esto quienes padecen minusvalías físicas, pero raramente nos paramos a pensar en las luchas parecidas de quienes tienen deficiencias mentales. (p. 165)