El momento en que se produce esta nueva publicación de Scholé retiene, residualmente, el sentimiento de fragilidad de los tiempos vividos. Henos aquí con un número apretado y austero que renuncia a toda pretensión de cierre. El año transcurrido todavía echa sombras sobre sus propias posibilidades de ser narrado, más aún de ser definido. Esta precaución se cierne también para asir lo escurridizo de la experiencia escolar vivida.

A pesar de ello, dos artículos insisten obstinadamente sobre la cuestión de la escuela y la igualdad, refrendando que, en lo que a nosotros nos concierne, es este un asunto de ineludible responsabilidad pedagógica. Este año, la tensión que históricamente recorre el debate cobró nuevas figuras en la medida en que despuntaban escenas heterogéneas e inéditas de una experiencia escolar que busca –con avidez– persistir.

El problema del acceso a la conectividad, la posesión de dispositivos tecnológicos, las habilidades y las competencias fueron los nombres para un imaginario que ponía principalmente en la materialidad del universo tecnológico la imposibilidad de hacer escuela o de hacer, por lo menos, una experiencia de escuela igual para todos. Las innumerables referencias presentes en conversaciones sostenidas marginalmente en las videoconferencias de especialistas que saturaron la escena docente así lo atestiguan.

Maestros y profesores sabemos que –inclusive reconociendo lo imperativo de esa deuda– en la interrupción del modo tradicional de hacer escuela algo esencial se ha salido de su quicio. Esencial –permitámonos provisoriamente el exceso– porque la diferencia en la experiencia no es de grados, no es de complejidad, no es atribuible a un balance mezquino entre eficiencia e ineficiencia, sino que es de naturaleza.

El repliegue en el espacio doméstico, la prepotencia de las pantallas y los hilos tenues del vínculo pedagógico permitieron asomarse a la distopía de un mundo sin escuelas. La solidez apabullante de aulas que condensan siglos de historia también podría disolverse en el aire: ¿algún día las escuelas serán ruinas?

El extrañamiento de la reciente experiencia escolar cobró, con el tiempo, la forma de un renovado sentimiento de defensa de la escuela en el reconocimiento de una potencia que escapa y exige ingentes esfuerzos para reponer su sentido. La escuela es el territorio de una educación sentimental que ensancha las condiciones y horizontes de existencia de quienes la habitan. Es, también, el lugar que nos ancla al mundo, un anzuelo con la promesa de atraparlo.

Samanta Schweblin, una joven escritora argentina, llama “distancia de rescate” a esa medida que separa a una madre de su hijo y que la obliga, para cuidar de él, a un ejercicio minucioso e ininterrumpido de cálculo y aproximación. La escuela es ese lugar donde la distancia de rescate se abre en la medida en que se abre el mundo y este es presentado a nuestros hijos. En esa apertura, en ese pasaje, se cifra su potencia igualitaria: la posibilidad de que niños y jóvenes imaginen que su futuro puede no estar determinado por su pasado.

¿Ya se puede salir?

Scholé sale y sigue enviando cartas a los amigos para no interrumpir estas y otras conversaciones urgentes.

Nos leemos.

Ruth Gotthelf