1969. La llegada del hombre a la Luna
Revista SCHOLÉ 22 agosto, 2019

Fue hace 50 años…

Guerra Fría


Una emisión de radio corta, iterativa y sencilla que provenía del espacio fue el comienzo. Detectada por muchos radioaficionados, revelaba sin ambages, y en el marco de la Guerra Fría, el inicio de la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. El 4 de octubre de 1957, desde Kazajstán, se había lanzado un cohete R-7 portando el satélite Sputnik 1, una esfera de aluminio de 83 kilogramos que llevaba, entre otros instrumentos, dos emisores de radiofrecuencia. Orbitó la Tierra durante 57 días, incinerándose durante su reingreso. En los primeros días de noviembre, se lanzó al espacio a la perra Laika, acondicionada en el diminuto volumen del Sputnik 2.


1969. La llegada del hombre a la Luna.

Tras estos primeros éxitos de la cosmonáutica soviética, había llegado el momento de dar el paso que llevaría a los humanos más allá de la atmósfera terrestre, responsabilidad que finalmente recayó sobre Yuri Gagarin en el Vostok 1 y Valentina Tereschkova en el Vostok 6. Pero la innegable supremacía rusa llegó a su fin cuando Neil Armstrong dejó su huella en el suelo lunar y pronunció su célebre sentencia: “Es un pequeño paso para un hombre, un enorme salto para la humanidad”. Palabras conmovedoras cuya grandilocuencia épica, sin embargo, no logra disolver las contradictorias motivaciones y los complejos significados de los viajes espaciales: ¿es el conocimiento del universo, el desarrollo tecnológico, los logros militares o la redención religiosa lo que enciende los motores que empujan nuestro pensamiento y nuestra acción hacia los “cielos”? Al respecto –y no como respuesta a esta cuestión, sino como forma de ver nuevas aristas–, es interesante considerar un comentario sobre Wernher Von Braun, responsable del desarrollo de los misiles V2 del Tercer Reich y –tras ser reclutado y “desnazificado” por los Estados Unidos– del cohete Saturno V que impulsó a los hombres hacia la Luna. Sobre su pensamiento, el historiador David Noble propone la siguiente descripción, sugestiva y perturbadora, al arremeter contra las bellas creencias que nos gusta defender sobre la nobleza del acto exploratorio y la necesidad de la perpetua mutación tecnológica:

Se puede afirmar que Wernher Von Braun era un oportunista que trajo la muerte, si es que se necesitaba, en el nombre y con el objetivo determinado de la trascendencia extraterrestre. De este modo, se convirtió en un guerrero de la construcción de cohetes del Tercer Reich y, en ese proceso, en miembro del partido nazi y en un oficial de las SS. De esta forma, posteriormente fue arquitecto del arsenal de misiles balísticos de largo alcance del ejército de Estados Unidos y, además, un renacido cristiano patriótico.1


1. Noble, D. F. (1999). La religión de la tecnología. La divinidad del hombre y el espíritu de invención. Barcelona: Paidós, p. 158.