Ícaro y Dédalo
Eduardo Wolovelsky 11 diciembre, 2019

El hilo de Ariadna

Mitad hombre y mitad toro, el Minotauro era un ser temible. Debido a la amenaza que representaba, el rey Minos de Creta le encargó al célebre inventor y arquitecto Dédalo que construyera un laberinto donde encerrar a la monstruosa criatura. Para apaciguar la furia del prisionero y, al mismo tiempo, vengarse de quienes habían matado a su hijo Androgeo, Minos le ofreció en sacrificio siete doncellas y siete jóvenes de la ciudad de Atenas. Teseo se ofrendó para ser sacrificado en las fauces de la bestia, y así colaborar con el fin de la terrible amenaza que el Minotauro significaba. Pero Ariadna no lo habría de permitir; hija del rey Minos, amaba al joven ateniense. Por ello, le entregó un ovillo de hilo obsequiado por Dédalo con el que podría encontrar la salida luego de acometer su heroico acto.

Teseo se ofrendó para ser sacrificado en las fauces de la bestia, y así colaborar con el fin de la terrible amenaza que el Minotauro significaba.

Muerto el Minotauro, Teseo y Ariadna abandonaron la isla de Creta. Enojado con Dédalo por considerarlo cómplice de lo ocurrido, el rey lo encerró en el laberinto junto con su hijo Ícaro. Había sido su constructor, pero, tal como ocurre a muchos hombres con sus propias obras, había olvidado los caminos de su diseño. No desesperó. La prisión estaba abierta a la luz de los cielos y aún tenía su ingenio. Como el laberinto era visitado por aves e insectos, no le faltaron ceras ni plumas con las que construir dos pares de alas. Mientras las desplegaba con delicado cuidado sobre los brazos de su hijo, le advirtió que no debía volar demasiado alto por el riesgo de que el calor del sol derritiese la cera, ni demasiado bajo porque el agua del mar podía destruir la delicada estructura del plumaje.


Ambos baten las alas y se elevan. Emocionado por la libertad de las alturas, Ícaro desoye la advertencia de su padre y remonta el aire hasta que la cera se funde. Cae a las aguas del mar y muere. Dédalo, en cambio, logra llegar a la isla de Sicilia y se instala en la corte del rey Cócalo.

¿Precaución u osadía? Entre el sensato Dédalo y el arriesgado Ícaro, ¿a quién elegimos? Es cierto que Dédalo logra salvarse, pero es cierto también que, a pesar de desobedecer, Ícaro hubiera podido conocer lo que la prudencia le negaba a su padre si tan solo se hubiese detenido unos pocos metros antes; no es simple percibir la invisible frontera que no debemos atravesar.


 Ícaro y Dédalo


Biólogo (UBA).
Docente de nivel Secundario y Superior.
Coordinó diferentes programas sobre la enseñanza y el conocimiento público sobre la ciencia.
Editor y autor de diferentes trabajos en el campo de la divulgación de las ciencias, la pedagogía y el cine.
Director de la revista "Scholé. Tiempo libre. Tiempo de estudio".