Reserva Cerro Colorado
Sebastián Pastor, Andrea Recalde, Gabriela Giordanengo, Luis Tissera, Iván Díaz 17 mayo, 2019

Claves para leer el paisaje antiguo

En la fotografía anterior, mencionamos que las expresiones rupestres de la localidad no agotan la variedad de manifestaciones materiales que configuran el antiguo paisaje arqueológico. Una gran diversidad de contextos y objetos constituyen significativos bienes patrimoniales e insumos científicos para la construcción de narrativas históricas.


Se puede observar la zanja abierta en la calle Córdoba, el perfil meridional del cerro Colorado y el monte autóctono que protege una parte del cementerio antiguo.


Esta cuarta imagen suma, a la red de lugares arqueológicos, otra serie de aspectos necesarios para la comprensión integral del paisaje y de su historia cultural; entre ellos, aleros y cuevas con arte rupestre, sitios de molienda, de cultivo, espacios habitacionales, funerarios, canteras para la extracción de rocas o arcilla. Todo esto se combina con rasgos fisiográficos, geológicos o biológicos, que ofrecen, en conjunto, el material con el cual se procede a la investigación. Entre estos rasgos, están las características de los suelos (por ejemplo, sus posibilidades para el cultivo) y su interacción con el clima, la disponibilidad de agua (ya sea a través de precipitaciones o de cursos de ríos y arroyos), las formaciones vegetales que aportaron fuentes de alimentación, los combustibles para calentarse, las formas del relieve, las maderas para la construcción u otros fines tecnológicos, medicinales, etc. Todos recursos a los cuales recurrir para resolver cuestiones cotidianas, pero también fuerzas o potencias del campo espiritual. De hecho, configuran una red ampliada para la conformación del paisaje como escenario de las prácticas, vivencias y comprensiones producidas por los grupos del pasado, hoy investigados por la disciplina arqueológica y preservados por las políticas patrimoniales y, en la medida en que es posible, transferidos como legado para el futuro.

En la foto, vemos la zanja como reflejo de un determinado impacto sobre el terreno, pero también de una política de gestión de los restos del pasado. Asimismo, se observan relictos del monte original que se protegen en la reserva y formaban parte del escenario, de los recursos naturales, de las creencias y de la vida de los antiguos pobladores. Vemos el perfil del cerro Colorado, que integra la primera línea de serranías para quien viene desde la llanura chaco-pampeana: una fuente para la creación de suelos, para la acumulación de agua, para la regulación del clima, pero también una referencia geográfica, un escenario de mitos y narraciones, sede de entidades espirituales que formaban, indisolublemente, parte de la cosmovisión de los grupos del pasado.

El sitio funerario se emplaza en una terraza fluvial en torno a la juntura del colector principal, el río de los Tártagos, con el arroyo Los Molles. Esta terraza está parcialmente urbanizada, pero conserva parte del monte original. También existe un planchón de piedra con numerosas oquedades de mortero alrededor del cual se dispuso el sitio funerario, o “espacio de los muertos”, y sobre el que se llevaron a cabo prácticas celebratorias basadas en el consumo de alimentos y bebidas, o “espacio de los vivos”. En la conjunción de estos espacios, se creó la esfera pública o de participación comunitaria de los antiguos habitantes de la actual localidad.

Lamentablemente, este planchón de piedra, que no aparece en la foto, fue parcialmente dañado durante el ciclo de explotación de canteras de arenisca (a comienzos del siglo XX) y durante el crecimiento urbano de la localidad en una época en la que no se implementaron políticas de cuidado del patrimonio cultural (lo mismo que sucedió en la década de los noventa, cuando se instaló el caño de agua).