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Miradas
1818. Frankenstein o el moderno Prometeo (primera edición)
Revista SCHOLÉ 20 diciembre, 2018

A los diecisiete años y estando embarazada, Carrie Buck fue internada por su familia adoptiva en la Colonia del Estado de Virginia para epilépticos y débiles mentales bajo el argumento de un “comportamiento incorregible” y “promiscuidad”, forma sutil y perversa para ocultar la violación que sufriera por parte de un sobrino de sus padres. Ya para 1924 se determina su esterilización forzada por el reporte que la definía como deficiente mental. La apelación de los abogados a favor de Carrie Buck llevó el caso hasta la Corte Suprema, donde el juez Wendell Holmes sentenció:

Hemos visto más de una vez que el bienestar público puede reclamar la vida de los mejores ciudadanos. Sería extraño que no pudiera pedir un sacrificio menor a quienes ya minan las fuerzas del Estado, y que a menudo no es percibido por ellos, para prevenir nuestro hundimiento en la incompetencia. Es mejor para todo el mundo si en lugar de tener que esperar para ejecutar a la descendencia degenerada para el crimen o tener que dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad pudiese prevenirse de aquellos que son incapaces de continuar la especie. El principio que sustenta la vacunación obligatoria es lo suficientemente amplia como para cubrir el corte de las trompas de Falopio. Jacobson v. Massachusetts, EE.UU. 11 197. Tres generaciones de imbéciles son suficientes.3

Carrie Buck murió en 1983. Su hija Vivian, quien había sido declarada deficiente a los siete meses de vida por un dudoso informe de una asistente social que, además, era funcional a la declaración de “tres generaciones de imbéciles”, murió a los ocho años de enterocolitis. Ni Carrie Buck ni Vivian -de quien conocemos sus reportes escolares- eran deficientes mentales. De todas formas, no hay minusvalía capaz de cuestionar la ilegitimidad e inmoralidad de las leyes de esterilización eugenésica.

La película Frankenstein (1931) -dirigida por James Whale aunque inmortalizada por el maquillaje sobre Boris Karloff- se mueve a la par de las leyes de esterilización eugenésica porque legitima el castigo social sobre un comportamiento que supone determinado por la biología y para el cual admite como única forma de acción la extirpación o la muerte del monstruo, sea Frankenstein o la deficiencia intelectual. No intentamos negar la fuerza de lo natural porque parece cuestionar nuestros ideales de igualdad y justicia. Hemos de aceptar que la biología habla como lo hace en la criatura ideada por Mary Shelley porque esa criatura no es rechazada por torpeza ni por odio ni por prejuicio ni por haber sido creada de manera artificial: es rechazada porque la fealdad de su fisonomía golpea con dureza. Tal como dijese Gould sobre el autismo, nos debatimos entre -1- la opción por reforzar y jerarquizar la sociedad sobre los logros tecnológicos que modifiquen o anulen al cuerpo para ser transformado en una robótica o -2- por promover aquellos actos que aumentan nuestros grados de libertad aunque sean extremadamente estrechos. La película de 1931 se decide por la primera posibilidad, la novela abre las puertas de la segunda.

Queda entonces la pregunta: ¿cómo pensar los cambios tecnológicos, en particular los referidos a los sueños transhumanistas, cuando se nos dice que dichos cambios solo pueden ser entendidos como un inevitable destino de mejora y progreso?