Schole
NarradoresEdición 06
La revuelta
Eduardo Wolovelsky 29 marzo, 2021

La revuelta

El verano estaba próximo. El incipiente calor amenazaba a la ciudad con malos olores y la intimidaba con la fiebre amarilla. El hacinamiento en las casas volvía más temible a la peste. Río de Janeiro era un tembladeral. Las brigadas matamosquitos, rechazadas por una parte de la población, fumigaban tratando de erradicar las larvas de los molestos zancudos portadores de la enfermedad, en tanto cientos de edificaciones eran demolidas por insalubres o por el nuevo diseño de la ciudad que se había puesto en marcha en 1903. Con la intempestiva aparición de la viruela, la situación se agravó y obligó al gobierno a promover la aplicación de la ley de vacunación obligatoria. La revuelta popular estalló con una furia incontrolable.

Variolización

“¡Cómo he cambiado, ay! ¡Me he convertido en un espectro que me es desconocido!” fue el lamento y dolor de Mary Montagu por la belleza perdida, por las cicatrices que la viruela le había dejado en el rostro. Esposa del embajador británico en el Imperio otomano, estimuló, tras lo sucedido, la práctica de la inoculación que aplicó sobre sus propios hijos. Traída desde el oriente, esta costumbre consistía en la transmisión de material infeccioso obtenido de pacientes con alguna forma leve de viruela. Si bien implicaba el riesgo de enfermar y de contagiar a los demás, por lo cual la persona debía permanecer aislada, era bastante efectivo. De hecho, el procedimiento, que suponía escoriar la piel para provocar la infección, fue el que tiempo más tarde ayudó a incorporar una nueva forma de acción que erradicaría la viruela.

Mary Montagu

Edward Jenner

Podía no ser el mejor lugar para una carrera prestigiosa, pero la zona rural del condado de Gloucester le permitió a Edward Jenner corroborar la validez de un saber popular, de un conocimiento resguardado en los campos, según el cual las mujeres que trabajaban en el ordeñe de las vacas quedaban inmunizadas contra la viruela humana. Tras desarrollar pústulas en sus manos por contagio de la forma bovina, las lecheras de la campiña inglesa sabían que no debían temer que las alcanzase la dramática suerte sufrida por Lady Montagu.

James Phipps tenía 8 años cuando, en 1796, Jenner lo inoculó con muestras infecciosas de viruela bovina que le produjeron escalofríos y decaimiento. Unas semanas más tarde, para probar la efectividad de la inmunización, repitió esta acción sobre el brazo del niño, solo que ahora con una muestra que portaba viruela humana. James, para consuelo de su padre –un hombre sin tierras que, como jardinero, solía trabajar campos ajenos–, se mantuvo por el resto de su vida libre de la dolencia. A partir del trabajo publicado en 1798, en el que Jenner relataba los resultados de su experiencia con el joven Phipps, poco a poco la práctica de la vacunación fue imponiéndose, aunque distintos sectores sociales lo percibieran como un hecho que les era exigido por la fuerza.

cuadro de Jenner, vacunando a un niño

La revuelta

El 11 de noviembre de 1904 estalló la protesta conocida como “la Revuelta de la vacuna”. Durante una semana, en las calles de Río de Janeiro se vivió lo que parecía una guerra civil: vehículos volcados e incendiados, luminarias destruidas, negocios con sus frentes rotos, muertos y heridos en las calles. No era que la población se opusiese a la vacunación por ignorancia, como algunos dirigentes quisieron creer. Ocurrió porque la campaña fue arbitraria y se llevó a cabo sin mayores explicaciones.

Con el tiempo, la vacuna antivariólica se impuso como forma eficaz para prevenir la viruela. A finales de la década de 1970, se determinó su erradicación y la vacunación específica se dejó de realizar. La difteria, el sarampión y la poliomielitis son otras de las tantas enfermedades graves que han sido controladas por el uso de vacunas, aunque –a diferencia de lo que sucedió con la viruela– su eliminación es imposible porque los agentes infecciosos, virales o bacterianos, se encuentran en otros animales además del hombre.

A pesar de los ejemplos nombrados, hay quienes se oponen a la vacunación sosteniendo su ineficacia, incluso le asignan efectos nocivos sobre la salud que no han sido capaces de demostrar. Lo que no suelen decir, o lo que desean desconocer, es el riesgo que se asume de que algunos viejos males y olvidadas dolencias regresen. El ejemplo de la poliomielitis es muy preciso. ¿Nos expondríamos a abandonar la administración de la vacuna contra el virus de la polio, sea la desarrollada por Jonas Salk o la propuesta por Albert Sabin, cuando, tras su introducción, la incidencia de la parálisis infantil disminuyó dramáticamente? La revuelta en Río de Janeiro nos muestra que podemos equivocarnos con facilidad cuando se nos niega el conocimiento. Tenemos derecho a que se nos explique, a saber la historia, a conocer el pasado de las enfermedades, a meditar sobre las difíciles decisiones que a veces se deben tomar, a comprender que las vacunas son logros del esfuerzo humano, que no son un regalo de los dioses ni una maldición de algún diablillo, que pueden ser efectivas o delinear una falsa ilusión de una promesa que bien podría no cumplirse. Si nos dan la oportunidad de comprender, entonces podremos actuar guiados por el pensamiento y la reflexión. Si se nos dice que no podemos saber, que debemos aceptar sin más lo que se nos propone o impone, entonces habrá dolores difíciles de mitigar.

Caricatura revuelta

 

La revuelta en Río de Janeiro arroja luz sobre un tema difícil y espinoso que hoy no puede ser ignorado. Se asume la importancia de explicar los hechos de la ciencia y la tecnología a la población en general como una acción necesaria en una democracia, pero, las más de las veces, se piensa a esa misma población como un objeto devenido en una masa de espectadores que asiste subyugada a los grandes logros técnicos. Al respecto, el médico Javier Peteiro Cartelle nos remite, a través de su propia reflexión, a un debate que en cierto sentido es heredero de la revuelta de 1904:

No cabe duda de que la Ciencia es admirable. Ha ampliado nuestra mirada sobre el Cosmos y permite que nos comprendamos mejor a nosotros mismos. Pero esa admiración es la que, si no se somete a control, conduce al cientificismo. En el momento del triunfo, el general romano era acompañado por un esclavo que le sostenía sobre la cabeza la corona de Júpiter Capitolino a la vez que le susurraba reiteradamente: “Mira a tu alrededor. Recuerda que eres un hombre”. Muchos científicos y divulgadores de Ciencia y docentes necesitarán también oír ese susurro.

…La Ciencia ha ampliado la mirada sobre el presente y el pasado, pero no puede hacerlo sobre el futuro por su propia contingencia, porque no sabe a dónde va, aunque sepa de dónde viene. La Historia ha mostrado que la prospectiva científica sirve de muy poco. Si nadie podía imaginar la revolución de Internet, resulta mucho más impredecible lo que vaya a ocurrir con la intervención en el mundo biológico mediante los transgénicos y la Biología sintética o el impacto que tendrá la Nanotecnología en la creación de un nuevo mundo sintético e incluso en su interacción con nuestras propias células. Desde ese contexto de imprevisibilidad, puede decirse en sentido genérico que la Ciencia como único referente no es creíble, no puede ser fuente de esperanza, sino sólo un instrumento que se nos está yendo de las manos.1


1. Peteiro Cartelle, J. (2010). El autoritarismo científico. Málaga: Miguel Gómez ediciones, p. 173.


Biólogo (UBA).
Docente de nivel Secundario y Superior.
Coordinó diferentes programas sobre la enseñanza y el conocimiento público sobre la ciencia.
Editor y autor de diferentes trabajos en el campo de la divulgación de las ciencias, la pedagogía y el cine.
Director de la revista "Scholé. Tiempo libre. Tiempo de estudio".