Schole
ContrapuntosEdición 11
Dignidad y belleza
Eduardo Wolovelsky 25 octubre, 2022

Más allá del nihilismo

Si tuviera que resumir el siglo xx,
diría que despertó las mayores esperanzas
que haya concebido nunca la humanidad
y destruyó todas las ilusiones e ideales
Yehudi Menuhin, músico.1

Crimen y castigo, la gran novela de Dostoievski, no podría haber sido escrita en el siglo XX. No al menos como la imaginó el incomparable escritor ruso. Tras la guerra química, el exterminio en los campos y las bombas atómicas, frente a la banalidad del mal, es poco probable que Raskólnikov hubiese sentido algún remordimiento y que, de haberle sucedido, lo habría acallado con algún ingenioso razonamiento que le mostraría lo insignificante de su acción. En la novela, Raskólnikov es un estudiante que se propone demostrar la posibilidad de realizar un asesinato perfecto y justo. Esa perfección y esa justicia se lograrían al no sentir culpa alguna por matar a una persona cuya vida le parece indigna de ser vivida. No es el robo lo que motiva a Raskólnikov a cometer el crimen, porque, a pesar de su marcada pobreza, abandona el posible botín. Tampoco busca el beneficio que le daría acallar un sentimiento personal hostil hacia la víctima, ya que ella es tan miserable en su condición que no la hace siquiera merecedora del odio como motivo para el homicidio. Entonces, acomete el hecho solo con la intención de mostrar las posibilidades de la voluntad humana cuando se tiene la suficiente grandeza y no se es una persona vil y rastrera como podría serlo la víctima. Pero, tras el asesinato, su conciencia lo traiciona indicando que el crimen perfecto, aquel que se realiza sin remordimiento alguno, queda fuera del ámbito de la condición humana. Inevitablemente, en la perspectiva decimonónica aún era posible pensar que frente al mal siempre hay una forma de condena.Dignidad y belleza

1. Citado en Hobsbawm, E. (1998). Historia del siglo XX. Buenos Aires: Crítica, p.12.


A comienzos del siglo XX surge una nueva lectura sobre esta cuestión. En Doctor Glas, la novela de Hjalmar Söderberg, el joven médico del lugar cumple con su deber, complace a sus pacientes sin mentirles, solo les habla con un toque de cinismo. He ahí un buen doctor. Con la intención de liberar a Helga Gregorius –mujer de la que no es claro que esté enamorado, aunque se siente atraído de alguna forma–, decide matar a su repulsivo marido, un pastor mucho mayor que ella con un rostro y modales desagradables cuya única virtud es sembrar la amargura en la vida de la mujer. Lo asesina sin estridencias y sin culpa, con un veneno difícil de detectar. De hecho, todos piensan que el clérigo, por posibles problemas cardíacos, tuvo una muerte natural. De algún modo, Söderberg logra que justifiquemos el asesinato sin que nos preocupe ni genere estupor el homicidio, por el contrario nos procura cierto regocijo porque con esa muerte parece llegar la liberación para una mujer a la que le tomamos simpatía.

Woody Allen, bajo el empuje de su singular mirada derivada de la ética impresa en el monoteísmo judío, formula un nuevo planteo sobre toda esta problemática, un giro donde cuestiona la perspectiva de Crimen y castigo. En este nuevo relato, no hay culpa en el homicida que actúa por temor a perder su estatus social ni hay aversión o justificativo posible, sino compasión y enojo en el espectador por la mujer traicioneramente asesinada, quien, además, es cualquier buena persona de nuestro tiempo. La película pinta un mundo lleno de vacíos, donde arribistas, inescrupulosos y mediocres son los nuevos héroes sociales, seres exitosos que han hecho del prestigio el sanctasanctórum de toda vida humana. Sin embargo, en ese mundo de personajes espantosamente amables y sonrientes, cínicos y homicidas que se salen sin remordimientos con la suya, se agita y toma forma un pensamiento y una voz, la de Louis Levy, quien no se resigna a que el mundo es el que es porque sabe que el mundo también es el que se construye. Allí perdura la esperanza, la misma que nos llegó con la caja de Pandora.

Delitos y faltas, tal el título original traicionado por la forma Crímenes y pecados adoptada en español, es una lúcida reflexión sobre el problema del mal y la responsabilidad moral. En los principales personajes de la película no hay culpa, al menos no una que se sostenga en profundidad por demasiado tiempo. De hecho, a pesar del asesinato, para ellos no parece haber sucedido un crimen porque deciden no pensar en ello, y procuran no sentirse dolidos. Cuando Judah Rosenthal concibe que su amante debe morir, desconoce su legado ético, reniega de toda responsabilidad maquillándola con aplaudidas acciones filantrópicas. Cuando visita su casa de la infancia, recuerda, para olvidarlo más tarde, un diálogo en una cena de Pascua entre su tía May y su padre Sol:

May: ¿Tienes miedo de que Dios te castigue si infringes las reglas?

Sol: Oh. A mí no me castigará. Solo castiga a los réprobos.

May: Ya. ¿Como a Hitler?

Sol: May, esto es la cena de Pascua.

May: Seis millones de judíos murieron asesinados y los nazis quedaron impunes.

Luego, Judah, mientras rememora la escena, pregunta:

Judah: ¿Y si un hombre comete un crimen? ¿Y si mata?

Sol: Puede hacerlo de una forma o de otra. Pero será castigado.

Al (invitado): Si lo atrapan, Sol.

Sol: Y si no lo atrapan, lo que brota de un acto injusto florecerá de forma inmunda.

Al (invitado): Ah, confías demasiado en la Biblia, Sol.

Sol: ¡No, no, no! En Shakespeare o en el Viejo Testamento, el crimen siempre sale a la luz.

Judah: ¿Quién ha hablado de crimen?

Sol: Tú.

Judah: ¿Yo?

May: Y yo digo que si lo comete y no le pasa nada, y decide no preocuparse de la ética, tiene la tranquilidad asegurada.2

Judah Rosenthal es un buen oftalmólogo pero no puede evitar que Ben, un rabino a quien atiende, se quede ciego. No es que le haya faltado pericia médica para ayudar a su paciente, ocurre que es a Dios a quien realmente deja sin visión. Es Dios quien ya no puede ver las iniquidades de los hombres ni ocuparse de que teman una condena por su juicio moral.


2. Allen, W. (1992). Delitos y faltas. Barcelona: Tusquets, p. 111.


Delitos y faltas nos muestra un mundo devastado, donde no parece haber ilusión alguna porque no hay culpa, no hay responsabilidad, los inescrupulosos son reconocidos como buenos ciudadanos, los mediocres son exitosos, no solo en la lides profesionales, son además queridos y amados. El compromiso con un mejor trabajo por el mundo común que habitamos, el pensamiento lúcido a favor de un mayor entendimiento, la compasión y el respeto parecen arrastrar a la caída y la desazón. Sin embargo, hay una serie de sucesos que, como anticipamos, ocurren en el film y que nos proponemos relatar porque permiten visualizar otra perspectiva. No remedian la falta de culpa ni la mediocridad no asumida, pero nos permiten decidir dónde se encuentra el valor de una vida, cómo se despliega la belleza y dignidad del arte de vivir para legar una vida lograda.

Hay una situación singular que refiere al documental que Clifford Stern está grabando basado en entrevistas a Louis Levy, un sobreviviente del Holocausto.  Los fotogramas se desplazan en la pantalla y Clifford levanta el tubo del teléfono, simplemente desea saber si alguien le dejó algún mensaje. Es un cineasta talentoso, un interesante documentalista al cual el éxito comercial le es esquivo. Su atención vaga entre la voz del auricular y el diálogo con su sobrina con quien acaba de ir al cine. Le explica sobre las relaciones poco amistosas que se dan entre la emoción y la razón mientras espera en la cabina saber si algún productor lo llamó interesado en sus realizaciones. Repentinamente la mira con desanimado asombro, le resulta difícil aceptar lo que acaba de escuchar, deja el teléfono, levanta la vista hacia la nada y le comparte su desazón: “El profesor Levy se suicidó”.

En su apartamento repasa las tomas de un registro para el documental que pretendía concluir. En ellas se ve a Louis Levy en un primer plano con una amable y evanescente mirada que solo resalta por la negra tonalidad del marco de sus anteojos diciendo:

Hay algo que hemos de tener presente. Al nacer necesitamos mucho amor que nos incite a conservar la vida. Cuando conseguimos ese amor, generalmente nos hace seguir viviendo. Pero el Universo es un lugar yermo. Nosotros lo fertilizamos con nuestros sentimientos. Y ciertas condiciones pueden hacernos pensar que la vida no vale la pena.

Clifford le expresa a su amiga Halley, quien acaba de llegar, todo su desconcierto:

Clifford: El hombre no estaba enfermo en absoluto. Dejó una nota. Una simple nota que decía: “Salté por la ventana”. Un intelectual como él y deja esa nota. “Salté por la ventana”. ¿Qué significa eso? Ese hombre era un modelo para todos, podía haber dejado una nota coherente.
Halley: ¿Tenía parientes o alguien…?
Clifford: No, porque los exterminaron a todos en la guerra. Por eso resulta tan extraño. Porque conocía la peor cara de la vida. Toda su vida fue una afirmación. Siempre le dijo que sí a la vida y hoy le dijo que no.3

Dignidad y belleza 2¿Cómo conciliar la sabiduría de Louis Levy con su decisión? Louis Levy debió moverse en un mundo donde la moral quedó segada, donde el Dios que debía inspirar a los hombres y hacer posible el castigo a quienes fuesen injustos, criminales o genocidas se retiró definitivamente, donde los gases primero inundaron las trincheras y luego las falsas duchas, en donde la razón y la emoción se pudieron fusionar para ejercer el poder de matar sin culpa alguna. Louis Levy es síntesis, es amalgama vital entre la ficción y la realidad porque en el film Delitos y faltas es la representación del químico Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, escritor y testigo sobre los significados de los campos de exterminio del nazismo. En 1976, Primo Levi redactó un apéndice para su obra Si esto es un hombre dirigido a responder las preguntas que los estudiantes escolares le formulaban. En el párrafo final expresa la razón del deseo por la vida:

El hecho de haber sobrevivido y de haber vuelto indemne se debe en mi opinión a que tuve suerte. En muy pequeña medida jugaron los factores preexistentes, como mi entrenamiento para la vida en la montaña y mi oficio de químico, que me acarreó algún privilegio durante mis últimos meses de prisión. Quizás también me haya ayudado mi interés, que nunca flaqueó, por el ánimo humano y la voluntad no sólo de sobrevivir (común a todos), sino de sobrevivir con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y que habíamos soportado. Y finalmente quizás también haya desempeñado un papel también la voluntad, que conservé tenazmente, de reconocer siempre, aún en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo, a hombres y no a cosas, sustrayéndome de esa manera a aquella total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual.4


 3. Ibídem,  pp. 115-116.


Clifford Stern tal vez esté equivocado. Louis Levy no le dijo no a la vida, y por ello la sencilla nota que dejara y que se niega a la tragedia. Levy sabía que toda existencia concluye, que tiene un término, cuestión dicha por cualquiera y comprendida por muy pocos. Desde este discernimiento, y tal como lo enunciara Primo Levi, le concedió a los otros la confianza de responder por la vida humana, que es humana en tanto se constituye en problema ético. Su sabiduría no se contradice con su decisión que materializa nuestra fe en quienes nos acompañan o nos habrán de continuar. Fe de que querrán, contra toda conveniencia pragmática, provenga de la astucia del conocimiento o de la desesperación de la ignorancia, sostener los actos que puedan darle belleza y dignidad a la vida y no solo a la propia.


 4. Levi, P. (2006). Trilogía de Auschwitz (Si esto es un hombre. La tregua. Los hundidos y los salvados). Barcelona: Océano-El Aleph, p. 245.


En los cuadros finales de la película se oye su voz:

A lo largo de toda nuestra vida hemos de enfrentarnos a decisiones angustiosas, elecciones morales. Algunas son a gran escala; la mayoría de estas elecciones se centran en cuestiones menores. Pero todos nosotros nos definimos a través de nuestras elecciones. Somos, de hecho, la suma total de esas opciones. Pero los acontecimientos se producen de una forma tan imprevisible, tan injusta. La felicidad humana no parece estar incluida en los designios de la creación. Sólo nosotros, con nuestra capacidad de amor, podemos dar significado al Universo indiferente. Con todo, muchos seres humanos poseen la facultad de buscar y aun de hallar la alegría en cosas simples como la familia, el trabajo y la esperanza de que las generaciones futuras comprenderán mejor.5

Educar, enseñar, conocer, sondear la lógica del mundo natural, pensar sobre la condición de nuestra existencia, decidir nuestra acción sobre el mundo. Lejos de socavar la posibilidad vital de los actos, las palabras de Yehudi Menuhin los demandan. Tras considerar el pensamiento de Primo Levi y las reflexiones de Louis Levy, podemos aventurar, como corolario de la película de Woody Allen, un significado para esas palabras. Palabras que nos convocan como herederos de una trágica historia de la que no somos responsables como sí lo somos del presente. Porque Yehudi Menhuin afirmó que el siglo XX destruyó todos las ilusiones e ideales, pero no dijo que esto fuese para siempre.

 


 5. Allen, W. (1992). Delitos y faltas. Barcelona: Tusquets, pp. 148-150.


Es biólogo (UBA), docente y escritor.
Editó y realizó diferentes trabajos en el campo de la divulgación de las ciencias, la pedagogía y el cine. Entre ellos, se destacan: “El descubrimiento de las bacterias y el experimento 606” (2003), “El medio interior. La experimentación con animales” (2006), “¡Eureka! Tres historias sobre la invención en la ciencia” (2008), “Iluminación. Narraciones de cine para una crítica sobre la política, la ciencia y la educación” (2013), “El siglo maravilloso. Al filo de la Gran Guerra. Memorias de la última centuria” (2016), “Voyager. El mensajero de los astros” (2017), “Frankenstein. La creatura” (2019) y “Obediencia imposible. La trampa de la autoridad” (2021).
Además, coordinó diferentes programas sobre la enseñanza y el conocimiento público sobre la ciencia.