1818. Frankenstein o el moderno Prometeo (primera edición)
Revista SCHOLÉ 20 diciembre, 2018

Fue hace 200 años…

Alguien sin nombre está condenado a formular la pregunta sobre su origen y condición. La respuesta que intuye lo lleva a decir sobre sí mismo: “Tenía la suficiente astucia como para saber que la fealdad anormal de mi persona era lo que principalmente desencadenaba el horror en aquellos que me contemplaban”. En su cuerpo tiene la fortaleza para alguna forma de rebeldía; y aunque se resista a mostrar el humano rostro de la desesperada venganza, no podrá ocultarlo por mucho tiempo. Cierto día, viendo caer una niña a un torrentoso río, arriesga su vida luchando contra la corriente para salvarla. La rescata, pero la pequeña está inconsciente. Así lo relata:

Se había desmayado y yo intentaba, por todos los medios a mi alcance, restituirle la animación, cuando apareció un campesino, que era probablemente la persona de quien la muchacha huía jugando. Al verme, se lanzó sobre mí y arrancándome a la muchacha de mis brazos, corrió hacia la parte más espesa del bosque. Lo seguí velozmente, sin saber por qué; pero cuando el hombre me vio cerca, apuntó a mi cuerpo con el fusil que llevaba y disparó. Me desplomé en la tierra y mi agresor, con agilidad acrecentada, escapó por el bosque.1


1. Shelley, M. W. (2006). Frankenstein o El Moderno Prometeo. Buenos Aires: Colihue, p. 151. (Primera edición: 1818).


Comprende que el afecto encarnado en el temerario acto no tiene lugar en el sentimiento de los otros, solo habita en el mundo de su propio pensamiento. La fealdad que lo define destruye la humanidad a la que, supone, tiene derecho. Solo es maltratado y rechazado. No puede ser un hombre y, sin embargo, quién más podría decir lo que sus palabras últimas expresan:

Siempre quedaban ardientes, anhelando; aún deseaba amor y compañía y aún me rechazaban. ¿Debo ser considerado yo el único criminal cuando la humanidad entera pecaba en mi contra? (…) ¿Por qué no abomina del campesino que trató de destruir al salvador de su hija? (…)

Pero es verdad que soy un maldito. Asesiné al amable y al indefenso; maté a los inocentes mientras dormían y estrangulé la garganta de quien no me había agredido, ni a mí ni a nadie. A mi creador, el ejemplar más selecto de todo lo que suscita amor y admiración entre los hombres, lo consagré a la desdicha; lo perseguí incluso hasta esta ruina irremediable. Aquí yace, pálido y frío por la muerte. Usted me odia; pero su aborrecimiento no puede igualar al que siento por mí mismo. Miro las manos que cometieron el crimen; pienso en el corazón donde fue concebida su posibilidad; y ansío que llegue el momento en que mis ojos ya no vean esas manos y en que el crimen ya no ocupe mis pensamientos.2


2. Ibídem, p. 242.


Frankenstein (le damos el nombre de su creador porque no posee uno propio) podrá ser o monstruo o engendro. Piensa y cavila, pero no responde a la pregunta sobre cómo se es una persona cuando la voluntad de ser visto por otros es imposible. ¿Acaso debería resolverla? ¿Debemos hacerlo nosotros?