1859. El origen de las especies
Revista SCHOLÉ 18 agosto, 2019

Fue hace 160 años…

El origen de las especies. Primera edición.

En junio de 1859, Charles Robert Darwin recibió una carta acompañada por un excepcional trabajo titulado “Sobre la tendencia de las variedades a apartarse de forma indefinida del tipo original”. Estaba firmada por un joven naturalista, Alfred Russel Wallace. La misiva, enviada desde el archipiélago malayo, parecía deshacer dos décadas de trabajo, de reflexiones y de insomnios. Incluso parecía disolver la angustia que se apoderó de su existencia cuando tuvo la certeza de que, con cada palabra escrita para exponer su teoría, “confesaba un crimen”.


Alfred Russel Wallace

Escritos

Hacia 1837, y tras su regreso del viaje en el Beagle, Darwin comenzó a esbozar sus primeras ideas sobre las razones que explicarían el origen de la diversidad biológica. Con el tiempo, esos primeros escritos fueron tomando la forma de una compleja teoría que, sin embargo –por su propia decisión–, permanecía sumida en el silencio y en la penumbra de su mundo privado. Solo compartía algunos informes con un pequeño círculo de amistades. Darwin no pudo imaginar que tal dilación lo iba a poner frente a la perspectiva de perder el derecho a la autoría de la teoría de la selección natural como el gran mecanismo para explicar el origen de la diversidad y la adaptación de los seres vivos. Para su fortuna, sus amigos, el geólogo Charles Lyell y el botánico Robert Hooker, dieron con la solución para que se le pudiese reconocer el crédito a ambos naturalistas: se realizaría una presentación conjunta en la Sociedad Linneana del trabajo de Wallace y de un escrito de Darwin hecho en 1844. De esta forma, se podría apreciar que cada uno de ellos había llegado de manera independiente a la idea de evolución por selección natural.

Beagle Darwin

El sentido de la existencia

La carta de Alfred Russel Wallace motivó a Darwin y lo obligó a concluir su obra. Sin embargo, la pregunta sobre las razones que lo llevaron a demorar la finalización de su libro no está respondida en esta reacción. Si bien no hay un único motivo, sí hay uno que resalta por sobre los demás y refiere al doloroso conflicto que conlleva su teoría al quitarle todo sentido trascendente a la existencia humana. Lejos estaba Darwin, además, de desconocer que sus ideas sostienen a la muerte como fuerza motriz del cambio: la supervivencia del más apto contiene a su contraparte, la extinción.

Para comprender este drama del pensamiento, hemos de sumergirnos en una escena de la película Creation1. Se trata de un diálogo en el que Darwin cuestiona la teodicea del reverendo John Brodie Innes:


1. Creation, de Jon Amiel (2009).



–Charles. Charles, mi viejo amigo, ahí estás. ¿Puedo unirme a ti?
–Sí, sí. Por supuesto.
–La señora Darwin me ha hablado de ese libro que estás escribiendo.
–Oh, no, no, ya no. Gracias a Dios.
–¿Quieres decir que lo has acabado?
–En verdad, se ha terminado para mí. El señor Alfred Russel Wallace ha llegado de manera independiente a la misma y exacta opinión expresada por mí, pero lo ha hecho en apenas veinte páginas. Eso es breve. Yo tengo hasta el momento doscientos cincuenta y he llegado a un callejón sin salida, así he perdido veinte años de mi vida en un proyecto del cual ahora debo deshacerme.
–Bien, el Señor se mueve por caminos misteriosos.
–Sí, lo hace, ¿verdad? ¿Sabe?, comentaba el otro día cómo Él nos ha dado todo en su bendita generosidad, no con una, sino con novecientas especies de gusanos intestinales cada uno con su propia manera de infiltrarse en la mucosa y hacerse paso a través del torrente sanguíneo. Y en el amor que deposita en las mariposas mediante la invención de una avispa que pone sus huevos dentro de la carne viva de las orugas.
–He dicho en muchas ocasiones que no nos corresponde especular sobre sus razones.
–No, eso se lo podemos dejar al señor Wallace. Debería recomendarle una estancia en el extranjero, ¿no crees? Con sus opiniones, si muestra su cara por aquí, se le podría exigir que se arrodille en sal de roca.