1919. La Semana Trágica. “Pesadilla” (Parte II)
Revista SCHOLÉ 20 agosto, 2019

Día 5

El sábado Pinie Wald es llevado, junto con otros detenidos, al Departamento Central de Policía. Allí, será torturado y sometido a un interrogatorio que muestra, sin ambages, la profunda y dramática persecución ideológica y el carácter antisemita marcado en las acciones represivas de la Semana Trágica.

Once de enero

A través de las rejas, en la parte alta de la puerta, comenzó a verse el amanecer azulino, lo que me infundió algo de consuelo. El día no era, con todo, tan terrible como la noche. […]
El patio delantero de la comisaría estaba atestado de presos sucios, maltrechos y ensangrentados, por una parte, y de policías armados, de mirada furiosa, por la otra. En el medio quedaba tan solo un atajo angosto, a través del cual me llevaron hasta la calle.
Afuera me esperaba un camión enorme. Su motor despedía vapor y un denso olor a nafta. En la parte cerrada de ese camión, que se parecía a un cajón y que se estaba calentando por el sol de enero, me hicieron sentar junto a otros veinte detenidos, colocándonos en dos filas, apretados todos, espalda contra espalda y hombro contra hombro. Unos bomberos cubiertos de sudor, emprendieron –con gran empeño– la tarea de atarnos a todos con una sola soga gruesa. […]

1919. La semana Trágica. Pesadilla (Parte II)

Todo parecía insinuar que se nos llevaba, simplemente, como ganado al matadero.
–¡Listo! –gritó alguien. Diez bomberos con fusiles se sentaron a ambos lados del camión y el oficial, junto al chofer, gritó:
–¡Descúbranse las cabezas! […]
No sé cómo, pero a mí me tocó caminar en la primera línea de los presos, los que habían traído de la comisaría séptima. Ya no me quedaban duda alguna de que iba a pasar por el infierno. Comencé a experimentar una suerte de inusual curiosidad… de sentir y vivir los martirios en mi propio cuerpo. […]
Me introdujeron en la primera celda. Además de la gente que ya conocía, estaban allí dos personas: el ruso Rubio, al que había podido ver mientras lo torturaban, y un italiano enorme. El ruso tenía la piel amarillenta y apenas se mantenía erguido. Daba la impresión de que le habían roto algo. Cerca de él se encontraba el italiano. Me colocaron al lado de ellos y formamos una fila. Entonces, dijeron:
–Aquí tienes a tu ministro de guerra y a tu jefe de policía.
Era una tarde calurosa sofocante. La atmósfera estaba cargada de tensión.
[…]
…comenzaron a llegar “personajes importantes”: jefes militares, altos funcionarios gubernamentales. Entró uno que, según me pareció, era del “Departamento” y me formuló preguntas diversas, preguntas típicas de cualquier interrogatorio policial:
–¿A qué nación pertenece?
–A la judía.
–¿Cuánto tiempo hace ya que vive en el país?
–13 años.
–¿Religión?
–Socialismo. […]
–¿Usted es socialista?
–Sí
–¿Tiene que decirme en algo que decirme sobre la conjura maximalista?
–No…
–¿Tiene miedo?
–No.
–¿No tiene Piedad con usted mismo?
–¡No!
Se encogió de hombros y salió. […]
[…]
1919. La semana Trágica. Pesadilla (Parte II)En este momento, un grupo de funcionarios militares policías comienzan nuevamente preguntas:
–¿Ruso?
–Sí.
–¿Hace mucho tiempo de está en el país?
–Sí.
–¿De qué ocupó?
–Trabajaba.
–¿De qué?
–Primero una fábrica, posteriormente redacción de un periódico.
–¿Por qué se fue de Rusia?
–Deseaba emigrar a un país libre.
–¿Con el fin de propagar el maximalismo?
–No, hace trece años no existía en Rusia maximalismo.
–¿Cómo ha interpretado usted el levantamiento…?
–Me permitiré no contestar esta pregunta.
Después fijé la mirada en aquel punto de la pared gris, tal como el plantón lo exigía. A mis oídos llegó un rechinar de dientes… y amenazas:
–¡Se les mostrará qué es el maximalismo! ¡Todos ustedes van a ser degollados del primero hasta el último! Cada uno de ustedes es veneno para el país… se creen que, al no hablar, nosotros no nos enteramos de nada. Pero sus compañeros ya lo dijeron todo…
Uno de ellos me agarró de los cabellos:
–¿Vas a hablar? ¡Si no te mataremos!
–Si ya les dijeron a ustedes todo…
[…]
“¡Delirios! ¡fantasmas!”, me di vuelta y me recosté de distinta manera con el fin de convencerme de que éstas no eran más que visiones estremecedoras, las que, a pesar de todo, no querían desvanecerse… y en la celda amarillenta y opaca seguía predominando un silencio mortal. Los bomberos con sus rifles estaban allí, con sus ojos abiertos, como momificados. Y la pesadilla continuaba.3


3. Ibídem, pp. 29-51.