1969. La Misión Argentina
Revista SCHOLÉ 11 diciembre, 2019

Tras dos días de competencia, solo quedó en pie el tercer Torino. Por ello, es interesante la recomendación que, casi al término de la carrera, Juan Manuel Fangio hizo a Oreste Berta cuando le sugirió regular la marcha. Es que no se trataba de salir primero forzando el auto y arriesgando un abandono que los dejara sin nada: si terminaban en alguno de los primeros puestos era, sin duda, un triunfo para la tecnología del Torino, un auto desconocido a su llegada y por el cual nadie en Nürburgring hubiera apostado demasiado.

La Misión Argentina


Final de carrera

Durante cuatro días, gran parte de la población estuvo sumergida en esa extraña atmósfera onírica definida por un logro que mostraba cómo se desplaza el límite de lo imposible, cómo se define la percepción de que, a partir de ahora, las cosas serían distintas. ¿O acaso no quedaba en evidencia que había capacidad tecnológica para un desarrollo propio? Los autos en Alemania parecían sostener el paso y dar certeza a la perspectiva de que, con un poco de voluntad y buena intención, se podrían abordar y resolver los problemas que marcaban la realidad social en la Argentina. La dureza de la dictadura se disolvía bajo el símbolo de una bandera a cuadros.

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Pero estas formas del sueño social no son únicas ni son propias. Algo similar, en una dimensión mucho mayor, modelaba la lectura de un acontecimiento ocurrido tan solo un mes antes. La llegada del hombre a la Luna se mostraba como un punto de inflexión en la historia de la humanidad. Cientos de millones de personas expectantes, un recibimiento multitudinario y, sin embargo, nadie se interesó por los subsiguientes viajes de las misiones Apolo. Después de todo, el mundo había cambiado menos con el paso de Armstrong que con el ojo de Galileo observando, en el siglo XVII, la superficie lunar a través de la lente del telescopio.