1994. Genocidio en Ruanda
Revista SCHOLÉ 23 agosto, 2019

El corazón de las tinieblas

En el relato sobre su viaje al Congo en busca de un tal Kurtz, el marino Charlie Marlow comenta un escrito que aquel enigmático oficial colonial hizo para revelar sus más profundas convicciones sobre el África:

Más tarde supe que la Sociedad para la Supresión de las Costumbres Salvajes le había confiado, con gran acierto, la elaboración de un informe que les serviría de guía en el futuro. […] Empezaba argumentando que, dado el grado de desarrollo que nosotros los blancos habíamos alcanzado, «debe parecerles [a los salvajes] que nuestra naturaleza es de índole sobrenatural, nos acercamos a ellos revestidos de los poderes de un Dios», y así continuaba…, «mediante el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos disponer de un poder prácticamente ilimitado y orientado a la consecución del bien», etcétera, etcétera. A partir de ese punto, el tono se elevaba y me vi arrastrado por él. El discurso era magnífico, aunque difícil de recordar. Hizo que imaginara una exótica Inmensidad gobernada por una Augusta Benevolencia y que me estremeciera entusiasmado. Era el poder ilimitado de la elocuencia, de las palabras, de las nobles y ardientes palabras. No había ninguna indicación práctica que interrumpiera el mágico torrente de frases, a no ser que una especie de nota al pie de la última página, evidentemente garrapateada con mano insegura mucho más tarde, pudiera considerarse la explicación de un método. Era muy sencilla y, después de aquella llamada a todo tipo de sentimientos altruista, brillaba ante uno como un relámpago en un cielo sin nubes: «Exterminar a todos los salvajes».1


1. Conrad, J. (2013). El corazón de las tinieblas. Barcelona: Literatura Random House, pp. 182-184. (Primera edición: 1899).


Joseph Conrad, inspirado por la figura del oficial colonial belga Léon Rom, creó a Kurtz, cruel protagonista de su novela El corazón de las tinieblas, y sobre quien Sven Lindqvist nos ofrece la siguiente reflexión:

¿Por qué concluyó Kurtz su informe acerca de la empresa civilizadora del hombre blanco en África con estas palabras? ¿Qué significaban ellas para Conrad y para sus contemporáneos? ¿Por qué las subrayó Conrad como síntesis de toda la retórica ampulosa sobre las responsabilidades de Europa sobre los pueblos de otros continentes?
Pensé que tenía la respuesta a esta pregunta cuando en 1949 leí por primera vez El corazón de las tinieblas. Detrás de las “sombras negras de la enfermedad e inanición”, en el “bosquecillo de la muerte” vinieron a mi mente los demacrados sobrevivientes de los campos de concentración alemanes que habían sido liberados unos pocos años antes. Leí a Conrad como un autor profético que había previsto todos los horrores que tendría lugar con posterioridad.
Hannah Arendt lo comprendió mejor. Ella entendió que Conrad escribía sobre los genocidios de su propio tiempo. En su primer libro Los orígenes del totalitarismo (1951), demostró que el imperialismo necesitaba del racismo como la única excusa posible de sus actos. “Muchos de los elementos que, reunidos, podían crear un gobierno totalitario sobre la base del racismo estaban frente a las narices de todos”.
Su tesis, que el nazismo y el comunismo tenían el mismo origen, es recordada por todos. Sin embargo, muchos olvidan que ella también consideró a las “terribles masacres” y a los “salvajes asesinatos” de los imperialismos europeos como responsables de la “instauración triunfal de tales métodos de pacificación como políticas exteriores comunes y respetables”, engendrando así el totalitarismo y el genocidio. […]
…La expansión mundial europea, acompañada, como lo fue, por una desvergonzada defensa del exterminio, creó hábitos de pensamiento y sentó precedentes políticos que abrieron paso para nuevas atrocidades, culminando finalmente en el más horroroso de todos ellos: el Holocausto.2


2. Lindqvist, S. (2004). “Exterminad a todos los salvajes”. Madrid: Turner, pp.13-15. (Primera edición: 1992).