Una historia completa
Revista SCHOLÉ 14 abril, 2020

A 75 años de la finalización de la Segunda Guerra Mundial

Una confrontación entre La vida es bella y El tren de la vida donde el problema no es el humor sino la negación de lo ocurrido.

Perdido en la geografía y desconocido para casi todos, aquel era una pueblo que, fuera de sus habitantes, nadie sabría nombrar. Tenía su propia vida, su singular cultura y sus múltiples esperanzas. Era un pequeño mundo de tinte rural y de calles polvorientas constantemente agitadas por rumores, por chimentos, por quejas y, a veces, por los rezos. Las casas eran sencillas, tanto como su humilde pero bella sinagoga. A pesar de las noticias que llegaban desde hacía cierto tiempo, los hombres y las mujeres, los jóvenes idealistas y los pragmáticos, continuaban con la rutina de sus trabajos, sus habladurías, sus amores y sus frustraciones. Tal vez aquellos dichos fueran falsos o, al menos, la situación no fuese tan grave como se la presentaba. Sin embargo, todo estaba por cambiar. Un día, uno cualquiera, por la mañana, Shlomo regresó corriendo, desesperado, para avisar que el ejército alemán estaba llegando y que los lamentos no iban a ayudar. A su manera, el miedo se apoderó de la imaginación de cada uno. ¿Qué hacer? ¿Será cierto esta vez? No hay que olvidarlo, Shlomo era el loco del shtetl1.

Una historia completa


1. En yiddish designa, en la Europa del Este, a un pueblo pequeño cuya población está formada por una importante comunidad judía.


Pero a veces hay que seguir al loco, en particular si es bondadoso; tal vez por ello aceptaron no solo lo que contó, sino también su idea para poder salvarse, aunque tuviesen que perder su lugar, sus recuerdos y algunas esperanzas. Juntos, decidieron comprar un tren y autodeportarse como si fuesen prisioneros judíos rumbo a los lager2.


2. Denominación genérica en alemán para los diferentes tipos de campos instaurados por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.


Para ser creíbles, algunos deberían portarse como nazis y fingir ser los comandantes y guardias del convoy. El plan se llevó a cabo. Shlomo nos cuenta el final de aquella travesía, a la que se sumó un grupo de gitanos que habían tenido la misma ocurrencia, pero con camiones:

Una vez en territorio soviético, la mayoría se quedó y se unió a la causa comunista. Algunos se establecieron en Palestina, sobre todo los gitanos, y otros en la India, la mayoría de ellos judíos. Schtroul siguió viaje hasta llegar a China, y es el jefe de estación de una pequeña ciudad.

Ester… la bella Ester. Se fue a vivir a América y tuvo muchos hijos (…).

Esta es toda la historia de mi shtetl.

Bueno, casi toda…3


3. El tren de la vida [Train de vie], de Radu Mihaileanu (1998).


Nos queda por saber por qué Shlomo, que se hizo loco porque era el único lugar vacante en el pueblo, dice que algo falta, un detalle, un dato, un hecho para que la historia esté completa. ¿Cuál es esa referencia? ¿Acaso ese detalle pueda cambiar algo de lo que sabemos sobre la suerte de aquel particular grupo de judíos y gitanos?

Campo de concentración

Hay otra historia que nos va a permitir dar con lo que falta y comprender su importancia. Mientras el grupo de judíos autodeportados intenta que su tren no sea descubierto por los nazis como un engaño, otro hombre, otro judío, urde una mentira distinta, solo para su hijo. Ayudado por el tío, simula que aquella deportación es en realidad un juego. Los tres hablan durante la llegada al lager, luego de bajar del tren:

–¿Viste esa fila? La gente se pone en fila para entrar. Todos quieren entrar.

–¿Qué juego es este?

–Eso mismo. Es el juego… Todos vamos a participar. Los hombres están aquí, las mujeres allá. Y luego los soldados que nos dan el horario. Es difícil, sabes.

–No es fácil –aclara el tío–.

–Si alguien comete un error, lo envían de nuevo a casa. Así que debes tener cuidado. Pero si ganás…

–¿Cuál es el premio?

–El primer premio es un tanque.

–Ya tengo uno.

–Es un tanque de verdad, nuevo, flamante.

–¿De veras?

–Sí, no quería decirte…4


4. La vida es bella [La vita è bella], de Roberto Benigni (1997).


Son dos hombres y un niño. Uno de ellos, el mayor de todos, es obligado a ir hacia la fila de quienes están condenados a la cámara de gas, aunque en ningún momento se nos dice que tal será su suerte. Es uno de los tantos silencios de todo lo que se calla en esta historia. Se despide de su pequeño sobrino solo con la mirada, sin mediar palabras.

Cuando el padre y el hijo llegan a la barraca, hay un montón de prisioneros con sus trajes a raya. Debe mantener el engaño, debe darle vida a la idea de que todo es un juego; al menos, para Guido es la forma de salvar a su hijo:

–¿Qué te dije, Giosuè? ¡Fabuloso! ¡Qué lugar!

Poco después entran los oficiales nazis y preguntan si alguien sabe alemán. El padre de Giosuè levanta la mano aunque no entiende ni una palabra de aquel idioma. El oficial da las órdenes y Guido traduce, es decir, inventa un significado que le permite sostener la mentira:

–Comienza el juego. El que está listo, está, el que no, no. El primero que hace mil puntos, gana. El premio es un tanque. ¡Qué afortunado! Cada día anunciaremos quién va adelante por ese altavoz. El de menos puntos llevará un cartel que diga “burro” en la espalda. Nosotros hacemos la parte de los malos que gritan. Si se asustan, pierden puntos. Se pierden los puntos por tres motivos: uno, si empiezas a llorar; dos, si quieres ver a tu mamá; tres, si tienes hambre y quieres la merienda. Es fácil perder puntos por tener hambre. Ayer mismo perdí cuarenta puntos porque quise comer un sándwich con mermelada de ciruela (…). No pidan caramelos, no recibirán ninguno. Nos lo comemos todos nosotros. Yo me comí veinte ayer. Qué dolor de estómago, pero ¡qué sabrosos! Lamento ir tan rápido, pero juego a las escondidas. Debo irme ahora o me encontrarán.

Guido se desentiende de lo que acaba de hacer. Le pide a otro prisionero, uno que sí comprende alemán, que le explique a todos lo que el oficial nazi ordenó. Se dirige a su hijo y le habla solo a él. Hay un sesgo individualista profundo en las acciones que se legitiman en el film. De hecho, esa parece ser la única forma de salvación. Poco puede importar, entonces, lo que suceda a los otros.