1959. Cartas de Hiroshima
Revista SCHOLÉ 17 mayo, 2019

Pero estaba solo. Para los otros, lo que se hizo debió ser hecho e, incluso, debía volver a hacerse “si fuera necesario”. Rechazó los honores que los demás aceptaron por un acto bélico que, en su perspectiva, poco tenía de heroico y mucho de vergonzoso y criminal.

Con toda esta carga, intentó regresar a la vida. Se propuso ser un ciudadano como tantos anónimos hombres y mujeres. Al principio, parecía haberlo logrado. Pero, de a poco, algunos comportamientos “extraños” comenzaron a marcar su existencia. Es nuevamente Robert Jungk, pero esta vez en el prólogo del libro Más allá de los límites de la conciencia, quien nos ofrece un relato esclarecedor:

Se dice que después de la devastadora experiencia de Hiroshima, el comandante Eatherly no habló con nadie durante días enteros. Sin embargo, este hecho no fue considerado como preocupante en la base de la isla Tinian, donde los miembros de su escuadrón, que habían adquirido una dudosa notoriedad mundial, aguardaban la desmovilización. “Fatiga de batalla”, supusieron todos. Era algo que muchos hombres habían sufrido en el pasado y que, en 1943, después de 13 meses de patrullaje continuo sobre el Pacífico Sur, el mismo Eatherly ya había padecido.

En aquella ocasión, tras un tratamiento de 15 días en una clínica de Nueva York, se repuso totalmente. Después de Hiroshima, también pareció regresar con bastante rapidez a un estado mental que se consideraba “normal” entre los veteranos del Pacífico Sur dados de baja.

(…) A principios de 1953, entre una gran cantidad de otros delincuentes, un hombre fue presentado ante el tribunal de justicia por haber falsificado un cheque por un valor insignificante. El magistrado realizó algunas anotaciones personales, le hizo una o dos preguntas y sentenció:

“Nueve meses. Próximo caso”.

Eatherly apenas tuvo la oportunidad de abrir la boca. Quizá pudo haberle dicho al tribunal que había donado ese dinero a un fondo de ayuda para los hijos de Hiroshima o podría haber llamado la atención de la corte sobre su rango y récord militar. No hizo nada de eso. La maquinaria de la justicia trabaja muy rápido; el “caso” era demasiado insignificante como para atraer la atención pública.
Con la remisión de la sentencia por buen comportamiento, fue liberado. Su siguiente intento fue en Dallas, un robo, pero ¡el peculiar bandido no tomó nada! El caso fue desestimado cuando su abogado declaró que su cliente no era responsable de sus propias acciones y que había acordado que iría voluntariamente a un hospital para su tratamiento. Luego, siguieron cuatro meses en Waco. Allí, sostuvieron que el mayor Eatherly sufría una discapacidad mental atribuible al servicio de guerra y fue dado de alta. Se le concedió una pequeña pensión de 132 dólares mensuales. 2


2. Anders, G. (1962). Burning Conscience. Nueva York: Monthly Review Press, pp. 16-18. Edición en español: (2003). Más allá de los límites de la conciencia. Barcelona: Paidós.


Página 2 de 3 2