Charlas TED
Revista SCHOLÉ 23 agosto, 2019

TED

Los interrogantes y las consideraciones propuestas por Morozov nos conducen de forma directa al tema particular que aquí nos interesa y que se refiere a las charlas TED. Vistas, no pocas veces, como el sancta sanctorum del conocimiento entretenido, la novedad y la reflexión. Se las suele contraponer, por su supuesto dinamismo, diversidad y originalidad, a lo que ocurre en las escuelas. Las clases, como contracara, estarían marcadas por el tedio, la repetición y la falta de originalidad. Así, la enseñanza debería remitirse a las charlas TED como modelo, o las clases podrían estructurarse alrededor de la proyección de alguna de ellas. Sin embargo, tal como nuestro autor nos advierte, debemos repensar el significado de este tipo de programas. Según Evgeny Morozov (2016), las TED son una “especie de Woodstock de la decadencia intelectual”1. Para comprender el significado de esta afirmación debemos considerar, al menos, los fundamentos de las ideas de otros dos autores cuyas obras fueron publicadas antes del desarrollo de Internet. El primero de ellos, Neil Postman, advirtió con perspicaz lucidez en su escrito Divertirse hasta morir: El discurso público en la era del «show business» (1991) ciertos riesgos que los nuevos medios de la información llevaban inscriptos en su desarrollo:


1. En septiembre de 2009, años antes de la publicación de su libro, Morozov participó de una charla TED. Está disponible haciendo clic aquí


A mediados del siglo XIX se unieron dos ideas cuya convergencia proporcionó en la América del siglo XX una nueva metáfora del discurso público. Su asociación eliminó a la Era de la Disertación y sentó las bases para la Era del Mundo del Espectáculo. Una de las ideas era bastante nueva y la otra tan vieja como las pinturas de las cuevas de Altamira. Más adelante nos referiremos a la más antigua. La nueva idea era que el transporte y las comunicaciones podían separarse ya que el espacio no constituía una traba insalvable para la transmisión de información.

Charlas TED. Una reflexión donde dialogan La locura del solucionismo tecnológico de Evgeny Morozov, Divertirse hasta morir de Neil Postman y ¿Para qué profesores? de Georges Gusdorf.

Los estadounidenses del siglo XIX estaban muy preocupados con el problema de «conquistar» el espacio. A mediados de este siglo, la frontera se extendía hasta el océano Pacífico y un rudimentario sistema de ferrocarril iniciado alrededor de 1830 había comenzado a transportar personas y mercancías al otro lado del continente. Pero, hasta la década de 1840, la información sólo podía ir tan deprisa como la pudiera transportar un ser humano; para ser precisos, sólo tan deprisa como el tren en el que viajara, lo cual, para ser aún más exactos, significaba unos cincuenta y seis kilómetros por hora. Ante semejante limitación, se retrasó el desarrollo del país como comunidad nacional. A mediados de 1840, Estados Unidos todavía era un conjunto de regiones, cada una de las cuales se desenvolvía a su manera, preocupándose de sus propios intereses. Aún no era posible un intercambio de todo el continente.

La solución a estos problemas, como sabían todos los niños en edad escolar, fue la electricidad. Por consiguiente, nadie se sorprendió cuando un ciudadano del país descubrió una forma práctica de poner la electricidad al servicio de la comunicación y, al hacerlo, eliminó para siempre el problema del espacio. Me refiero, por supuesto, a Samuel Finley Breese Morse, el primer «hombre del espacio» verdadero de Estados Unidos. Su telégrafo borró los límites de los estados, las regiones experimentaron un colapso y, al envolver el continente en una red de información, creó la posibilidad de alcanzar un discurso nacional unificado.

Pero a un costo considerable. Porque el telégrafo produjo algo que Morse no anticipó cuando profetizó que dicho descubrimiento haría de «la totalidad del país un vecindario». Destruyó la definición existente de información y, al hacerlo, brindó un nuevo significado al discurso público. Entre los pocos que comprendieron esta consecuencia estaba Henry David Thoreau, que en Walden recalcó que «tenemos mucha prisa por construir un telégrafo magnético desde Maine a Texas; pero puede que dichas ciudades no tuvieran nada importante que comunicar… Estamos ansiosos por excavar un túnel a través del Atlántico y acercar el viejo mundo al nuevo en unas semanas; pero luego, la primera noticia que oirá la gran oreja estadounidense será que la princesa Adelaida tiene tos ferina».

Según se comprobó posteriormente, Thoreau estaba en lo cierto. Comprendió que el telégrafo crearía su propia definición del discurso; que no sólo iba a permitir, sino también exigir, que se concretara una conversación entre Maine y Texas; y que requeriría que el contenido de esa conversación fuera diferente a lo que el Hombre Tipográfico estaba acostumbrado.

El telégrafo llevó a cabo un ataque a tres bandas sobre la definición tipográfica del discurso, introduciendo a gran escala la irrelevancia, la impotencia y la incoherencia. Estos demonios del discurso surgieron debido a que el telégrafo dio una forma de legitimidad a la idea de la información libre de su contexto; esto es, a la idea de que el valor de la información no necesitaba estar sujeto a ninguna función que pudiera ser útil en la acción y en la toma de decisiones sociales y políticas, sino que podía estar meramente ligado a su novedad, al interés y a la curiosidad. El telégrafo convirtió la información en un producto de consumo, una «cosa» que se podía comprar o vender sin tener en cuenta sus usos o su significado. (pp. 69-70)