Chernóbil
Revista SCHOLÉ 11 diciembre, 2019

De mentiras y verdades

Lo difícil de aprender
Pensamientos desde un diálogo entre la serie televisiva Chernobyl y el libro Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich


Ucrania (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). El 26 de abril de 1986 se realiza una prueba para evaluar la seguridad de uno de los más importantes reactores de la Unión Soviética. Las decisiones que se toman, una tras otra, ignoran aspectos básicos de los protocolos de seguridad, concluyendo en el más severo accidente que haya sufrido jamás una central nuclear.

Ucrania (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

En su obra Voces de Chernóbil, la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich se plantea el problema referido al recuerdo –¿o sería mejor decir al olvido?– de este hecho. En el capítulo “Monólogo acerca de para qué recuerda la gente”, nos lega el testimonio del psicólogo “Piotr S.”:

Yo también tengo una pregunta. Una a la que yo mismo no puedo dar respuesta.

Pero usted se ha propuesto escribir sobre esto. ¿Sobre esto? Yo no quería que esto se supiera de mí…, que he vivido allí. Por un lado, tengo el deseo de abrirme, de soltarlo todo, pero, por otro, noto cómo me desnudo, y esto es algo que no quisiera que…

¿Recuerda usted aquellos en Tolstói?… Después de la guerra, Pierre Bezújov está tan conmocionado que le parece que él y el mundo han cambiado para siempre. Pero pasa cierto tiempo y Bezújov se dice sorprendido a sí mismo: “Todo continuará igual, seguiré como antes riñendo al cochero, me pondré a refunfuñar como siempre”. Entonces, ¿para qué recuerda la gente? ¿Para restablecer la verdad? ¿La justicia? ¿Para liberarse y olvidar? ¿Porque comprenden que han participado en un acontecimiento grandioso? ¿O porque buscan en el pasado alguna protección? Y todo eso, a sabiendas de que los recuerdos son algo frágil, efímero; no se trata de conocimientos precisos, sino de conjeturas sobre uno mismo. No son aún conocimientos, son solo sentimientos. Lo que siento.

Me he torturado, he rebuscado en mi memoria y al fin he recordado.

Lo más horroroso que me ha sucedido… (2016, p. 59)


En horas de la madrugada, la fusión del núcleo del reactor es seguida de una explosión que levanta la losa superior de 1200 toneladas, liberando gran cantidad de materiales radiactivos a la atmósfera. La gravedad del accidente se puede medir, al menos en la imaginación de quienes no son especialistas en estos temas, por la definición de un área de exclusión para la vida humana de treinta kilómetros de radio desde el centro de la explosión; un área tan extensa como la distancia que separa a Chernóbil de la prosperidad que hoy viven Hiroshima y Nagasaki, las otras, las únicas ciudades sometidas a un bombardeo por armas de fisión nuclear. Dos años más tarde, Anatoli Legasov, subdirector del Instituto “I. V. Kurchátov” de la Energía Atómica y responsable del comité gubernamental para la investigación del accidente de Chernóbil, graba en soledad un testimonio:

¿Cuál es el costo de las mentiras? No es que las confundamos con la verdad. El verdadero peligro es que, si oímos suficientes mentiras, luego no reconocemos la verdad. ¿Y que se hace ante eso? Solo nos quedaría abandonar la esperanza de la verdad y conformarnos en su lugar con historias. (Mazin, 2019)