Schole
Edición 1
Ciencia y Religión
Revista SCHOLÉ 17 mayo, 2019

Encontramos, en estos argumentos, puntos en común con la perspectiva que enuncian tanto Richard Dawkins como Diego Golombek. Sin embargo, Ian Barbour (2004) aclara:

Dado el respeto que muestra por la ciencia y su universalismo, no hay duda de que esta metafísica resulta atractiva en una era de globalización. Pero creo que no es la más adecuada para dilucidar cuestiones como la libertad humana, la existencia del mal y la conflictividad en la naturaleza, la experiencia religiosa o la revelación histórica. No tendría problemas en aceptar que la adaptación y la supervivencia son condiciones previas de otros valores humanos, pero mantengo que ellas solas no pueden proporcionar el contenido completo de nuestros juicios morales. Dentro de los límites que impone el afán de supervivencia importantes y significativas decisiones. No podemos menos que preguntarnos: ¿qué clase de supervivencia deseamos? (pp. 435-436)

Por su parte, Stephen Jay Gould, en su libro Ciencia versus religión. Un falso conflicto, propone una perspectiva muy diferente a todo lo considerado hasta aquí. Escrito en función de la problemática dada en Estados Unidos con la enseñanza de la teoría de la evolución, en su preámbulo se lee:

Escribo este libro para presentar una resolución felizmente simple y completamente convencional a un tema tan cargado por la emoción y por el peso de la historia que cualquier sendero expedito se suele convertir en algo recubierto por una maraña de disputa y confusión. Me refiero al supuesto conflicto entre ciencia y religión, un debate que sólo existe en las personas y en las prácticas sociales, no en la lógica o en la utilidad adecuada de estos temas completamente distintos e igualmente vitales. No presento nada original al formular la tesis básica (…); porque mi razonamiento sigue un fuerte consenso que ha sido aceptado durante décadas por pensadores importantes tanto científicos como religiosos (…).

Las personas de buena voluntad desean que la ciencia y la religión estén en paz, que trabajen juntas para enriquecer nuestra vida práctica y ética. Partiendo de esta premisa respetable, la gente saca a veces la inferencia equivocada, en el sentido de que la acción conjunta implica metodología y materia comunes; en otras palabras, que alguna estructura intelectual superior conseguirá unificar la ciencia y la religión, ya sea infundiendo a la naturaleza una imparcialidad conocible de piedad o bien dirigiendo la lógica de la religión hasta una invencibilidad que finalmente hará imposible el ateísmo. Pero, de la misma manera que el cuerpo humano requiere para su subsistencia tanto alimento como sueño, el cuidado adecuado de cualquier todo ha de valerse de contribuciones dispares procedentes de partes independientes. Hemos de vivir la plenitud de una vida completa en muchas mansiones de un vecindario que harían las delicias de cualquier abogado moderno de la diversidad. (Gould, 2000, pp. 11-12)

En este punto de su presentación, Gould va a proponer una hipótesis que está en las antípodas de los enunciados que realizan tanto Richard Dawkins como Diego Golombek. Recordemos que, para estos autores, la problemática fundamental no se refiere a la consideración de los posibles conflictos entre la creencia en una forma de divinidad trascendente y la racionalidad, sino en sostener, con arriesgada soberbia, que tal creencia es ilegítima, que es un lastre evolutivo y que aquellos seres humanos que logran negarla se encuentran en una situación ética y cognitiva superior. Por el contrario, Gould (2000) sostiene:

No veo de qué manera la ciencia y la religión podrían unificarse, o siquiera sintetizarse, bajo un plan común de explicación o análisis; pero tampoco entiendo por qué las dos empresas tendrían que experimentar ningún conflicto. La ciencia intenta documentar el carácter objetivo del mundo natural y desarrollar teorías que coordinen y expliquen tales hechos. La religión, en cambio, opera en el Reino igualmente importante, pero absolutamente distinto, de los fines, los significados y los valores humanos, temas que el dominio objetivo de la ciencia podría iluminar, pero nunca resolver. De manera parecida, mientras que los científicos han de actuar mediante principios éticos, algunos de ellos específicos de su práctica, la validez de tales principios no puede inferirse nunca a partir de los descubrimientos objetivos de la ciencia.

Propongo que encapsulemos este principio básico de la no interferencia respetuosa (acompañado de un diálogo intenso entre los dos temas distintos, cada uno de los cuales cubre una faceta fundamental de la existencia humana) enunciando el principio de los magisterios que no se superponen, al que para abreviar denominaré MANS (…).

Resumiendo, con sólo un poco de repetición, la red, o magisterio, de la ciencia cubre el reino empírico: de qué está hecho el universo (realidad) y por qué funciona de la manera que lo hace (teoría). El magisterio de la religión se extiende sobre cuestiones de significado último y de valor moral. Estos dos magisterios no se solapan, ni abarcan todo el campo de indagación (considérese, por ejemplo, el magisterio del arte y el significado de la belleza). Para citar los tópicos usuales, la ciencia obtiene la edad de las rocas, y la religión el estremecimiento de las edades; la ciencia estudia cómo van los cielos, y la religión cómo ir al cielo. (pp. 13-14)