Ciencia y Religión
Revista SCHOLÉ 17 mayo, 2019

Una reseña donde dialogan El espejismo de Dios, de Richard Dawkins; Las neuronas de Dios, de Diego Golombek; Ciencia y religión, de Ian Barbour, y Ciencia versus religión. Un falso conflicto, de Stephen Jay Gould

Mi cuarto mensaje de concienciación es el orgullo del ateísmo. Ser ateo no es, en absoluto, algo de lo que avergonzarse. Muy al contrario, para alguien ateo es algo de lo que estar orgulloso y llevar la cabeza muy alta el hecho de que, casi siempre, indica una sana independencia mental e, incluso, una mente sana. Hay muchas personas que saben, en el fondo de su corazón, que son ateas, pero no se atreven a reconocerlo frente a sus familias o incluso en algunos casos frente a ellos mismos. Esto se debe a que normalmente la palabra “ateo” se ha etiquetado como algo terrible y espantoso. (Dawkins, 2008, p. 14)

Esta breve y conflictiva aseveración de Richard Dawkins, en el prefacio de su obra El espejismo de Dios, revela sin ambages una intención: desnudar lo que, él supone, es la impostura de la creencia en alguna forma de divinidad trascendente. Lo hace porque imagina que esta “impostura” degrada la condición humana al tiempo que supone que su contrario la enaltece: “el ser ateo indica, casi siempre, una sana independencia mental (…), una mente sana”.

Pareciera poco prudente abordar esta cuestión. Pero, si aceptamos la enseñanza como un acto de reflexión y crítica sobre ideas y pensamientos fundamentales, entonces no es posible renunciar a este debate por incómodo que resulte. De hecho, afirmaciones como las de Richard Dawkins no pueden quedar huérfanas de todo análisis y reflexión por el ligero tinte inquisitorial que portan y porque, lejos de ser únicas, se replican en otras obras. Así, por ejemplo, en el libro Las neuronas de Dios, de Diego Golombek, se observa esta misma forma desmesurada respecto de lo religioso en la aseveración que, como corolario, cierra su trabajo:

Si la religión es un virus, la ciencia puede ser una vacuna 1. (Golombek, 2014, p. 199)

Desde este enfoque, tanto la religión como la creencia en un Dios son hechos patológicos que habría que subsanar. Para ello, como hacían los viejos anatomistas, se debería disecar el “cuerpo”, entender la estructura y elucidar las razones por las cuales tal sistema se desarrolló en el curso de la evolución. Golombek (2014) lo aborda de la siguiente forma:


1. Sostener que, en este caso, “virus” y “vacuna” son utilizados como metáforas en nada disminuye su vínculo semántico con el sentido literal.


Yo era el rey de este lugar, hasta que un día llegaron ellos. Más allá de la canción de Sui Generis, estos versos parecen resumir parte de los efectos de la teoría evolutiva: nosotros, los humanos, llegamos al mundo como parte de una larga cadena de acontecimientos azarosos por los que ciertas tendencias y adaptaciones fueron manteniéndose y, en algunos casos, alejando a poblaciones unas de otras hasta que se originaron nuevas especies.

Una de estas especies ―ustedes, yo mismo― experimentó un crecimiento cerebral y cognitivo tal que la hizo reflexionar sobre sí misma: “Hoy estamos, mañana no”, “No somos nada”, “Creer o reventar”, “A dónde vamos, de dónde venimos” ―y otras frases de velorio y despedidas de soltero―. En algunos de esos recovecos del cerebro fue ganando espacio y preponderancia la necesidad (y el alivio) de creer en algo: en el sol que sale todas las mañanas, en la lluvia, en los animales fabulosos, en la creación. Pero ―y es un pero importante― no estamos solos en la madrugada de las creencias; no somos bichos ermitaños e individualistas, cada uno con sus dioses o sus trucos para ganar la lotería: los bichos humanos tienen cierta tendencia a amontonarse, a revolear cerca unos de los otros. Así esa creencia ―o ese conjunto de creencias― fue generando reglas, códigos, tribus urbanas y, sin darnos cuenta, fue configurándose el fenómeno religioso. (p. 26)

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