Ciencia y Religión
Revista SCHOLÉ 17 mayo, 2019

Más allá de los conceptos confusos, de los lugares comunes y del razonamiento tautológico, el texto presupone que no hay ni Dios ni dioses y que la creencia en ellos es un fenómeno adaptativo del proceso evolutivo que dio origen al Homo sapiens pero que hoy es totalmente disfuncional. Supone también que, bajo el mandato de la razón y la ciencia, podremos desprendernos y eliminar definitivamente este lastre evolutivo. Siguiendo esta perspectiva, los no creyentes estarían un peldaño más cerca de lo cierto y de lo que debe ser hecho. No es casual que Richard Dawkins (2008) adhiriera a una explicación similar, solo que lo hace con mayor profundidad y con un cuidado literario significativo:

En cualquier caso, me gustaría ahora dejar de lado la selección de grupo y volver a mi propio punto de vista de valor de supervivencia darwinista de la religión. Soy uno de los cada vez más numerosos biólogos que ven la religión como un subproducto de alguna otra cosa. De forma más general, creo que quienes especulamos acerca del valor de la supervivencia darwinista necesitamos “pensar en subproductos”. Puede que cuando preguntemos acerca del valor de supervivencia de cualquier cosa estemos haciendo la pregunta errónea. Necesitamos reescribir la cuestión de una forma más útil. Quizá la característica en la que estamos interesados (en este caso, la religión) no tiene un valor de supervivencia directo por sí misma, pero es un subproducto de algo que sí lo tiene. (p. 188)

Lejos de ser un juego del intelecto, estas argumentaciones son el ariete con el que se golpean las puertas de la ciudadela del poder para dictaminar que las personas creyentes están infectadas por un virus que las hace vivir equivocadas o que el ateo posee una mente más sana.

Ian Barbour aborda estas mismas cuestiones en su obra Religión y ciencia para llegar a conclusiones profundamente disímiles. Su escrito expresa las reflexiones que le sugieren tres preguntas: ¿qué lugar le corresponde a la religión en una era dominada por la ciencia?, ¿es posible creer en Dios?, ¿qué imagen de Dios es compatible con la imagen científica del mundo? El suyo, lejos de las obras anteriores, es un trabajo erudito y bien fundamentado, incluso para permitir el disenso. En el apartado sobre “La religión y la naturaleza humana”, se cuestiona:

¿Son compatibles entre sí la visión evolucionista y la visión religiosa de la naturaleza humana? Comenzaremos señalando que la propia religión ha evolucionado desde sus raíces en los comienzos de la historia humana hasta las formas que actualmente presentan las grandes religiones. (Barbour, 2004, p. 434)

Divide sus consideraciones en tres partes. La primera de ellas habla de la evolución de la religión. Considera allí, de forma crítica, el pensamiento del ensayista Ralph Burhoe, sobre quien dice:

Comienza describiendo la evolución conjunta y la mutua adaptación de los genes y la cultura y lo hace prestando mayor atención que Wilson a los aspectos distintivos de la cultura. Burhoe dice que el altruismo para con quienes no son parientes cercanos (y no comparten, por tanto, los genes del individuo altruista) no puede ser explicado por medio de la selección genética. También sostiene que la religión ha sido el factor que más ha contribuido a fomentar el altruismo y la cooperación social, extendiéndolos más allá de las fronteras de la afinidad biológica. El conjunto de valores transmitidos por los mitos y ritos religiosos favorecen la cohesión de la sociedad. La religión ha superado el proceso de selección porque contribuye a la supervivencia del grupo biocultural (…).

Burhoe opina que el naturalismo evolucionista es la filosofía religiosa más adecuada en una cultura marcada por la ciencia. Para él, la naturaleza constituye el equivalente funcional de la idea tradicional de Dios y debería ser, por tanto, objeto de adoración y obediencia. (Barbour, 2004, pp. 434-435)

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